Reprimido lleva varios años este artículo, ya que en nuestros días la más mínima reflexión sobre algunos padecimientos típicamente femeninos es inmediatamente catalogado como cosa ideológica, y así etiquetado en un sentido u otro (“esto es feminazi” o “esto es carca patriarcal”) no tiene la menor probabilidad de ser comprendido.


Pero ante la enésima experiencia vital de tener que tomar, ya sin gana, una tostada mucho después de que al caballero acompañante se le sirviera la suya, pues con comprensión o sin ella ahí va la reflexión.

La mayoría de las dificultades de esta vida no se solucionan con leyes, ni seguramente es deseable que así sea. Ni tampoco con quejas, denuncias ni “concienciación” alguna. Se trata de ir aprendiendo a vivir, a tratar a unas personas, a veces a esquivar a otras… Así pues, lo que sigue no tiene ánimo de denuncia ni de que cambie norma alguna.


Las noticias van por un lado y la vida real por otro. En los medios se habla continuamente de si hay más o menos porcentaje de mujeres que sean altos cargos de empresas. Pues no hallo nada que me sea más indiferente. Como si me hablan del porcentaje de directivos que sean calvos, o barbudos o con implantes capilares.

En cambio, en la vida diaria en sociedad de una mujer casada o “con pareja” en estas latitudes se dan mil circunstancias humillantes que la mayoría prefiere no advertir siquiera. Si Pepe va con su mujer de la mano, es frecuentísimo que un amigo lo pare diciendo: “¡Hombre Pepe! Me alegro de verte. ¿Adónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Dónde has estado? Te veo muy bien”, y lo despide todo en singular, exactamente igual que si fuera solo. Ese mismo amigo, si ve a una amiga o conocida del brazo de un acompañante, la saluda mucho más cautamente, y en plural “Me alegro de veros”.

Esto no se puede “denunciar” ni tratar de cambiar. La única manera de defenderse de una mujer sensible es eligiendo bien a los acompañantes, aprender el arte de contrarrestar a los amigos groseros, y si no disfrutar de los nunca bien ensalzados encantos de la soltería.

Otro fenómeno indisputable se da en la hostelería. Recuerdo a una política americana defendiendo las cuotas de minorías raciales, diciendo que “pese a que todos tengamos ya los mismos derechos, estas minorías, por cuestión sociológica, encuentran una serie de dificultades que para que esa igualdad se haga efectiva hay que hacer un poco de discriminación positiva”. No es que esto me convenza; encuentro horribles las cuotas, y para cosa de hombres y mujeres, menos aún. Pero si sustituimos la palabra “cuota” por la idea de Caballerosidad, pues ese argumento lo veo aplicable a la hostelería.

Es decir: hay algo en la hostelería que hace que cuando una pareja efectúa una comanda, el café o la tostada o el postre que se olvida no sea jamás el del hombre. Hay algo (alguien lo atribuía a la herencia mora) que graba en la mente del camarero o camarera la bebida que quiere el señor, y lo demás es totalmente secundario. Igual sucede si las parejas van más diluidas en grupos de familia o amigos.

Tal vez como correctivo de esa curiosa deformación mental se instituyó, hasta formalmente en las escuelas de hostelería, la norma de “las señoras primero”. Por desgracia, sólo quedan de ello vestigios en los restaurantes de lujo – y no siempre.

Una creía que lo de “las señoras primero” era algo romántico y caballeresco. Pues no. Bien está lo romántico de todas maneras, pero se trata de algo más básico; en cuanto esa norma desaparece, las señoras se quedan directamente sin comer.