Nunca fuimos héroes

No fuimos héroes. Por mucho que la logística publicitaria, desde el Gobierno a los medios de comunicación, así hayan revestido a aquellos que cumplimos con nuestras obligaciones laborales en la sanidad, pública o privada. Que ya está bien de discernirla, separarla, señalar como una apestada a la segunda; que tan sufridores, abnegados y diana del maldito coronavirus han sido los empleados del sector sanitario en una o en otra —y encima estando mucho peor pagados los de la privada—.

Estuvo muy bien lo de los aplausos. Aquellos reconocimientos que surgieron de la espontaneidad, de la necesidad de compartir algo, la solidaridad, con los vecinos a pesar de estar prisioneros en nuestros domicilios. Reconocimientos a los sectores siempre tan maltratados de la seguridad y la citada sanidad. Nunca fuimos héroes, sino trabajadores que nos enfocamos profesionalmente a trabajar por el bienestar social y que, como norma no escrita, llevamos la palma del sufrimiento de la, no pocas veces, incomprensión del público.

Ahora que volvemos a desacelerar —a relajarnos, me refiero— y se vuelve a retomar, poco a poco, el uso de ciertos servicios médicos (consultas, intervenciones que se habían pospuesto, a Urgencias…), ¡ahora! es cuando uno se da cuenta de esa gran verdad del título de este artículo. Empiezan a verse las actitudes innecesariamente engreídas de algunos pacientes, malos gestos, tonos exigentes, reclamar por los tiempos de espera, que puedo asegurarles son, la mayoría de las ocasiones, inevitables… Y, hablo en primera persona y por muchos compañeros, siente uno cómo la demagogia ajena da una bofetada que, lejos de doler, da risa. Da risa porque sabíamos que estas actitudes volverían. Es una risa resignada. De hecho, y juro por mi honor que estas palabras son ciertas, hace poco una airada madre de una paciente decía a un médico compañero que si esto [la pandemia] ocurría otra vez, se pensaría volver a aplaudir (sic). Y no, no tenía razón alguna la señora sobre su desaire. Demagogia pura y dura. 

Nunca fueron héroes ni las fuerzas de seguridad del Estado, ni los miembros de Protección Civil, ni empleado alguno de los hospitales, tan solo cumplidores de su obligación. Cumplidores hasta infectarse y regresar a sus casas con el temor de llevar consigo el virus y contagiar a los suyos. Y ahora da rabia contemplar cómo se ha pasado de los aplausos a la normalidad más soez y maleducada, en algunos casos. A la normalidad de como si ya hubiera pasado todo y lo de las medidas de distanciamiento social y de seguridad fueran cosa de hace dos semanas. 

La realidad es que, según el lado en el que se haya estado, pueden comprenderse ciertas posturas. Quien ha visto la realidad terrible (fallecidos, familias desoladas, el miedo, la duda en los rostros…), sabrá que la verdadera cara de esta situación es fea, terriblemente fea. Quien se haya creído que vivir confinado ha sido duro, y ha sobrevivido con el tan cacareado Resistiré a modo de himno revolucionario, de verdad…, no sabe qué es lo que ha pasado. Y de ello me doy mayor cuenta aún cuando veo a un grupo de chavales, por ejemplo, frente al parque de mi casa reunidos, sin norma alguna, y compartiendo bebidas a las ocho de la tarde.

Y pasará todo, claro, aunque al bicho de las narices ya no nos lo quitamos de encima. Y será dentro de unos años cuando, en un Viaje al centro de la tele de esos que presenta Santiago Segura, nos veamos asomados a los balcones aplaudiendo y nos acordemos, hasta con cierta melancolía, de este año 2020 y lo que hemos perdido en él, y la cantidad de contagiados, de víctimas mortales —hoy tan molestas para las estadísticas oficiales—, de los dos meses confinados, de cómo fuimos supervivientes de una pandemia que nos vendieron los expertos en prensa, radio y televisión como una gripecilla. Pero el tiempo blanquea verdades, ya lo hemos comprobado en nuestra historia más reciente.

Nunca fuimos héroes, ni por confinarnos ni por ir a cumplir nuestras obligaciones, sea cual fuere, pero sí sería necesario que nunca olvidásemos que todos fuimos víctimas. Unos, enclaustrados; otros, enfrentándonos cara a mucosa al dichoso virus.

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