Nuestra fosa, nuestro foso

Cuentan las crónicas que tras la derrota de Napoleón en Waterloo en 1815, los soldados supervivientes de los ejércitos que acababan de enfrentarse, consternados ante el dantesco espectáculo de la mortandad que inundaba el valle donde se desarrolló la batalla, cavaron una inmensa fosa en la que dieron sepultura a todos los caídos, sin distinción de nacionalidades ni colores de casacas. Se abrazaron entre ellos, intercambiaron tabaco y rezaron juntos en ese gigantesco túmulo funerario donde reposaban sus compañeros, a quienes los dados de la historia les abocaron a defender a uno u otro bando, pagándolo con su vida. Aún se conserva allí un esperanzador epitafio, grabado en roca por un piadoso sargento gabacho, apelando a la necesidad de que los seres humanos solventemos nuestras diferencias mediante la inteligencia y la compasión, sin recurrir jamás al argumento de la violencia.

Europa está repleta de enterramientos colectivos similares, testigos de un pasado bélico felizmente superado. Si uno pasea por el bosque del Valle de La Lozere, en Francia, se encuentra, de pronto, con una fosa en la que yacen 93 partisanos franceses y 23 milicianos españoles, abatidos por tropas de élite alemanas el 28 de mayo de 1944. Un auténtico santuario son las Fosas Ardeatinas, en la provincia italiana de Bolsano. Conmociona ver la fosa de Huda Jama, en Eslovenia, o la de Hall, en el Tirol austríaco. La lista sería interminable, pero lo realmente admirable es el hondísimo respeto que albergan las gentes y las autoridades de aquellos lugares, que acuden anualmente a rendir homenaje a quienes allí murieron. 

No obstante, Sevilla is different. O bien, parafraseando a “Los del Río”, nuestro Alcalde tiene un color especial. Don Juan Espadas no debe haberse dado una vuelta por las referidas fosas y desconoce su enseñanza histórica. Por ello ha invertido 680.000 euros en la exhumación de los 1.103 cadáveres de la fosa “Pico Reja” del cementerio de San Fernando, exigiendo colaboración económica a la Diputación Provincial y a la Junta de Andalucía para llegar al millón de euros. 

Es decir, que en vez de ser un lugar de veneración y de sencillos y sentidos reconocimientos públicos a la dignidad de nuestros muertos, la fosa es ahora el foso donde se dilapidan los dineros de los sevillanos, sin ninguna utilidad práctica para mejorar la convivencia entre vecinos o mejorar su bienestar social. 

Y es que un servidor está convencido de que si mis restos se hallasen en una fosa común, por avatares de guerra o de ignorancia, lo que menos desearía es que me removieran por vanidad o por rédito político. Que me rece un responso quien quiera y que coloquen allí un epitafio como el de la fosa de Waterloo. Y que el dinero que se ahorren las arcas públicas lo destinen a los vivos, que son quienes realmente lo necesitan. Sobre todo nuestros vecinos más desfavorecidos o las familias que malamente llegan a fin de mes.  




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