Nos roban la primavera

Ya sé que seguramente no habrá más remedio, ya sé que el sentido común, la responsabilidad y todo eso lo aconsejan, y yo mismo sé que es lo sensato. 

Y más temprano que tarde va a pasar.

Pero es tan dolorosa la perspectiva de una primavera sin mi Cristo del Museo o mi Virgen de las Aguas en la calle, oliendo el azahar que desparraman los almendros en las placitas  o de la Centuria Macarena recorriendo las calles de Sevilla, o del Santísimo Cristo de la Expiracíón del Cachorro volviendo por la calle Castilla a su casa o… Y no porque llueva y tengas la incertidumbre habitual… saldrá… no saldrá… sino porque un maldito virus importado de China (ya saben, aquello de que “un leve aleteo de mariposa en un extremo del mundo puede sentirse al otro lado del mundo”), extendiéndose cual peste global (máldita globalización, con lo bien que estamos aquí en Sevilla sin tener que ir a ningún lao…) nos trae esta condenada maldición bíblica, nunca más adecuado el calificativo, de no poder ver la portada de la Feria de este año más que en foto, ni malbailar unas sevillanas en mi caseta de San Benito o contemplar el paseo de carruajes con un Lorenzo de justicia pegando y con la chaqueta de mil rayas nueva…

Me vienen las lágrimas a los ojos al pensar en mi hijo de diez años preguntándome: “Papá, ¿por qué no sale este año la Borriquita o el Cristo del Amor?… ¿por qué la túnica que me arregló la modista hace dos semanas se tiene que quedar colgada en la percha y el montón de caramelos que cogimos en la Cabalgata de Reyes y que iba a repartir por toda Sevilla se quedan en la bolsa guardados en el armario?…”

Quizá parezca frívolo pero, si perdemos eso, perdemos la primavera, y eso es como perder a Sevilla durante unos meses, y que Sevilla sea como, yo qué se, Chicago o San Francisco, o Berlín o… Pero más triste, mucho más triste…. porque si nos roban la primavera roban nuestra esencia, y eso no hay salud que lo valga, no hay enfermedad que sea tan dolorosa ni infección tan mortal como no mirar, rezándole, al rostro de la Esperanza Macarena en una madrugá de Viernes Santo.  

¡Dios mío!, que pase pronto, que se vayan estos malditos meses aciagos y el funesto bicho sea ya tan solo un mal recuerdo, que nos saltemos este año y directamente pasemos a la primavera del año que viene que será, seguro, y para compensar, la mejor Semana Santa y la mejor Feria de la historia y olvidemos, como si nunca hubiera pasado, que hubo una vez en que un malhadado virus chino pudo con la que nada ni nadie antes pudo, pudo con Sevilla. 




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