¿Nos gusta ser esclavos?

¿Nos gusta? Pues… por lo menos nos acostumbramos al yugo de una manera espeluznante.
Todo el día hablando de derechos, de lo rebosantes que estamos de ellos. El fatídico pasado 8-M, una de las cosas que se oyeron fue “…porque la mujer es un ser llena de derechos”. “Llena de derechos”. La mujer, el hombre, los niños, todos rebosan de derechos a más no poder. Algunos no sabemos ni para qué sirven, pero de lo que estamos seguros es de que tenemos muchos derechos.

De la noche a la mañana, el salir a la calle se ha convertido en delito punible en todo el planeta. Automáticamente, la humanidad está bajo arresto domiciliario, sin importar las condiciones de la celda (en muchas no se ve ni el cielo). No discutiré, quién se atreve, lo justificado de tal medida, y adelanto, por si acaso, que no la he infringido. Simplemente constato el asombro que me produce que semejante situación (la pérdida absoluta, de la noche a la mañana, de la más elemental de las libertades, la de andar y mirar al cielo) haya sido asumida con tal inmediatez por la casi totalidad de la población; no me refiero a que cumplan la norma (las normas hay que cumplirlas) sino a que mentalmente, en la psicología popular, se ha identificado de inmediato el salir a la calle como delito grave; la gente se indigna, denuncia, maldice, se alegra de las multas y detenciones, con una determinación nunca vista ante otro tipo de delitos, incluso en asesinatos.

Los delitos comunes (que tiene gracia el llamarlos así… pregúntenles a las víctimas), robos, asaltos, agresiones violentas… son cosa que la población ve tan normales como el llover, y no despiertan especial indignación. Los ciudadanos se protegen, cada uno a sí mismo, lo mejor que pueden, y no se alteran mucho si se enteran de que a tal o cual vecino suyo un delincuente le agredió con un cuchillo. Cosas de la vida… Incluso nos hemos acostumbrado a los ataques terroristas. Que alguien ponga una bomba aquí o allá, o decida asesinar a cien personas valiéndose de un automóvil, eso se trata como un desastre natural, como un incendio o un terremoto; no despierta en el público que ve la noticia ninguna especial animadversión hacia el autor de los hechos. Cuando sale la fotografía de la cara del asesino, se la mira con fría curiosidad, y nada más.
Compárese eso con la justiciera indignación, y casi el odio puro, que se despierta al salir la noticia de “la policía multa a un vecino con 600 euros por ir a una gasolinera a comprar galletas” o “multa a otro por ir a tirar la basura algo lejos de su casa”. Esta noticia sale en redes sociales, e inmediatamente aparecen los comentarios justicieros: “Pues muy bien” “Pues muy merecido” “Pues ojalá pongan más”. En grupos de WhattsApp, alguien comenta algo de que vio a uno por la calle y ni un segundo tardan en reaccionar con “Pues ojalá le caiga un multazo”. Personas que no teníamos por justicieras, y que nunca habíamos visto indignarse ante delito alguno, reaccionan ahora no ya con severidad sino casi con una especie de crueldad rayana en el sadismo.
Repito: que no cuestiono aquí las medidas. Me admira el cómo en un instante se ha moldeado la mentalidad de millones de personas. Sin discutir (aunque cabría hacerlo) la multa de 600 euros al que anduvo durante cinco minutos, podía esperarse, en el que lee le noticia, un poco de simpatía. Un “¡Cómo estaría de desesperado!”. O una reflexión como: “Dios mío, qué situación vivimos, quién iba a decir que iba a ser delito el ANDAR”. En vez de eso, la reacción es de violento casi odio hacia el vecino, y cainita alegría por la multa. Nunca habíamos visto algo parecido.
Vivíamos, dicen, en una cultura del relativismo, en la que el bien y el mal no existían. Del asesino de doscientos se comentaba, si algo, que “tenía problemas psicológicos”.
Y de la noche a la mañana, los españoles en bloque son la sociedad más moralista que existe, la más justiciera, la que tiene clarísimo el horror al delito y la inclemencia hacia el infractor. Eso sí, hacia un solo delito, el de querer mirar al cielo.
No se culpa a la gestión del Gobierno. La culpa es del vecino que se asomó a la calle. Maquiavelo es un inocente niño en pañales.

1 Comment

  1. Emilio Domínguez-Palacios Gómez dice:

    Soy un fans de esta notable escritora Gloria Cruz Moreno, he leído escritos bien documentados de esta historiadora y me agrada saber con qué sutileza trata el tema de los derechos, siendo además mujer, porque la mujer por su condición sexual ha tenido abólidos muchos derechos. Observo que una de las claves es la envidia y la otra el miedo. El hombre le ha tenido miedo y envidia a la mujer, porque en mucho y en muchas áreas la mujer es capaz de llegar igual o más lejos que el hombre, y no sería ni necesario el inventar hasta un Ministerio de Igualdad. Es penoso por otro lado que sea el asqueroso dinero el que le dé más derecho al que se pudo comprar una mansión o una isla privada para vivir el confinamiento, que no el que sólo le alcanzó para vivir en un apartamento de diez o quince metros y un ojo de ventana a un patio interior y si éste o ésta, que ahora casi se nos obliga a poner los dos géneros, decidiera estar unos 10 ó 20 minutos en la calle sólo para tirar la basura, el vecino de al lado lo denunciara, por envidia, porque se hubiese fumado dos cigarrillos apoyado en una farola y mirando a los cielos.
    Gracias una vez más Gloria por sus escritos, que ponen sensatez y cordura en un encierro de obligado cumplimiento.

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