Los nombres de las calles desde siempre han tenido una rotundidad, un simbolismo especial. Se recuerdan los nombres de las calles que se han habitado, y al final se adquiere una cierta identificación con ellos; y lo curioso es que en la mayoría de los casos muy pocos saben quién fue la persona en cuyo honor se rotuló esa calle (pues casi siempre son nombres de personas). Esto lo hace aún más singular. Se forma una relación especial no con el personaje histórico o literario o del santoral que diera nombre a la vía, no; sino con el puro nombre. Y si, más tarde en la vida, averiguamos quién fue el personaje en cuestión, cuyo nombre nos es ya tan familiar, pues eso resulta para algunos curioso, y para otros, hasta emocionante.

El poder de evocación de los nombres de calles, y su adquisición de connotaciones que nada tienen que ver con la persona de su “titular”, es algo que ha llamado la atención de muchos literatos sensibles. Marguerite Yourcenar imagina que el emperador Adriano debió sentir una fruición especial al fundar la ciudad de Antínoe, por su favorito Antinoo, pensando que ciudadanos de generaciones futuras, sin saber ni quién fue ese hombre, no tendrían más remedio que pronunciar su nombre a todas horas. Un homenaje especialísimo, secreto, de arcano sabor…Y Proust, en su magna obra, explora el mismo tema con una percepción que hace hasta llorar (no es para citarlo de pasada). Y muchos otros.


Los nombres de calles deber ser cortos, sonoros, fáciles de memorizar y de pronunciar.  Esto lo comprendían bien los que, queriendo homenajear al Cardenal Wiseman en el corazón del barrio de Santa Cruz, decidieron que la calle se llamara no como el escritor, sino como su novela más popular: “Fabiola”. Más claro y sonoro, imposible.

Por desgracia, una tendencia que lleva ya tiempo y parece ir arraigando, es la de entrometer la pedantería pedagógica, el didactismo absurdo llevado al extremo, con el añadido de “Escritor” o “Pintor” o “Imaginero” antecediendo al nombre en cuestión. De repente vemos una calle rotulada como: “Pintor Pablo Picasso”. ¡Pintor! ¿Se imaginan una calle que se llame “Escritor Miguel de Cervantes”? Pues sí, en Ronda hay una. (Lo decía como ejemplo disparatado de “¡A dónde vamos a llegar!” y resulta que ya es cierto).

Decir Cervantes es casi decir “España”. Poner delante “Escritor”, de puro reduccionista y didactista, es… bueno, las palabras se quedan cortas.

No digo ya Cervantes, sino hasta un artista local y de modesta envergadura queda empequeñecido con ese añadido de “Pintor” o “Imaginero”, un añadido reduccionista, de un paternalismo explicativo entontecedor. Si a un artista –o rey o monja o bordadora- se le dedica una calle, se le presupone que hay un algo indefinible (desde luego, no definible con una palabra genérica) que lo une por su espíritu, por su mérito o aunque sea por su salero, con el alma de la localidad. El nombre de la persona es suficientemente evocador. Si alguien quiere saber detalles, que lo averigüe. Nada más fácil en nuestros días. De todas maneras, si alguien no sabe quién es Lope de Vega, poco adelanta sabiendo que era “Escritor”.

A las víctimas sevillanas del terrorismo en 1998 se les habría hecho mayor homenaje inscribiendo sus calles con sus nombres a secas. ¿No suena extraño lo de “Procuradora Ascensión García Ortiz”? Al fin y al cabo, el que fuera procuradora no influye en nada en la razón por la que se le dedica una calle. También hubiera quedado más sonoro, más contundente, el nombre de la calle “Muñoz Cariñanos” así tal cual, sin el engorroso antecedente de “Coronel Médico”.

En resumen: no hay nada más definitorio, más evocador, más suficiente para denominar algo, que un escueto nombre de persona y un escueto apellido…