Noche de Reyes

¿Quién se lo iba decir? El que siempre había dicho que la Navidad era su época preferida del año. El que siempre había disfrutado como un niño con la Cabalgata de los Reyes Magos… este año le parecían las calles más desangeladas que nunca y la iluminación navideña que había instalado el Ayuntamiento se le antojaba triste y pobretona. Los escaparates de los grandes almacenes le parecían decorados sin gracia y le chirriaba interiormente la alegría y ganas de divertirse que percibía en la gente que atestaba las calles de su ciudad. Hasta la calle Sierpes, que tantas veces recorrió en Navidad con sus padres, y que siempre le pareció la calle más bonita del mundo en esas fechas (aunque bien es verdad que no conocía muchas en aquella época), le daba la impresión de ser provinciana y melancólica. El sorteo de la Lotería de Navidad y el soniquete de los Niños de San Ildefonso, que tanto le gustaba oír antes y que le traía preciosos recuerdos de su infancia, ni lo había visto… Había ya pasado la Nochebuena, el día de Navidad, la Nochevieja y el día de Año Nuevo, y a pesar de haber cumplido de nuevo, como cada año, con los ritos y tradiciones familiares, se había encontrado como fuera de lugar, no sabía definirlo… Como si todo aquello le fuera ajeno, como si no le perteneciera nada de esa celebración y no estuviera invitado a ella. De hecho estropeó la Nochebuena en casa de sus suegros a causa de una discusión tonta, ni siquiera recordaba el motivo que le dio origen… Su mujer dijo, dejadlo. No está bien. Y no, no estaba bien. Esa era la verdad. Ya eran demasiados años sufriendo desde aquel aciago 2009. Tantas horas en hospitales, tantas malas noticias… y después… la resignación y la aceptación de que ya nada volvería ser igual… que la vida de su mujer y la suya pasaban definitivamente a un segundo o tercer plano, sus inquietudes, sus aficiones y el tiempo libre que ya no tendrían, todo eso se había ido, incluso su vida de pareja ya no tendría importancia más, porque ahora eran solo padres, veinticuatro horas al día los siete días de la semana y los trescientos sesenta y cinco días del año. Pero lo peor era la desesperanza, la falta de ilusión, las pocas ganas de levantarse cada día de la cama para afrontar otro día más y el deseo durante todo el día de que llegara otra vez la noche para volver a sumirse en el sueño y no sentir, no sentir nada…

Era la noche del día cinco de enero y habían ido con los niños un año más a ver la Cabalgata de Reyes. Bueno, ya no iban todos, la mayor ya había quedado con su pandilla para verla y se reuniría con ellos después, tenía quince años al fin y al cabo. Y, claro, faltaba el pequeño, el nunca iba, ¿para qué?, ni veía ni disfrutaba de las carrozas, las figuras, los personajes infantiles… estaba en su mundo en el que le bastaba con estar limpito, bien comido y bien abrigado… seguro en ese mundo era más feliz que lo que se sentía él mismo. Y luego estaba Alvarito, tan pillo siempre, moviéndose de un lado a otro, no podía estar quieto, pura energía. Y, claro, estaba ella, su pequeña, tan dulce, tan tierna. Últimamente había habido problemas con ella en el colegio. Él lo comprendía, ella tenía su ritmo, no podía ir al de los demás, y le exigían demasiado, hasta el punto que, a veces, la presión le podía y estallaba… En buena parte el se encontraba así por ella, por la idea que a veces, y cada vez más a menudo, se le venía a la cabeza de que quizá sus esperanzas, las de su mujer y las suyas, de que la pequeña iba a superar sus barreras e iba a lograr ser independiente algún día, no eran reales. Y eso ya no lo podía soportar. Por el pequeño no se podía hacer más que darle cariño, buenos cuidados y la mejor calidad de vida posible, pero ella… ella era la razón para seguir, sacarla adelante era el impulso que les daba fuerzas para apretar los dientes y continuar luchando. Así que fueron con Beltrán y la pequeña a ver el Cortejo Real. Alvarito no paraba de reír, asombrarse ante las nuevas carrozas e ir de un lado a otro cogiendo al vuelo los caramelos que lanzaban los beduinos. La pequeña, mientras tanto, parecía no importarle todo aquello y asistía al espectáculo callada. ¡Mira, Peter Pan y el Rey Melchor!… Parecía no interesarle. A él también dejó de interesarse lo que pasaba y se sumió en sus lúgubres pensamientos… y, en ese momento, ella le cogió del brazo, tiró de él hasta acercarlo a su cara y, tras darle un dulce beso en la mejilla, le dijo: “no estés triste papá, porque yo te quiero. Dame un abrazo”. Le cogió con una fuerza impensable en una niña de diez añitos y le estrechó entre sus brazos apretando como si no quisiera que se separara nunca de ese cuerpecito frágil y pequeño, pero tan cálido…

Esa noche, tras colocar con su mujer, como cada noche de Reyes, los juguetes y regalos de todos alrededor del Árbol de Navidad y por todo el salón de la casa, durmió mejor que las otras noches y su sueño solo se vio interrumpido a eso de las seis de la madrugada. Oyó un ruido y se desveló, incorporándose en la cama se asomó al pasillo y vio claramente, al fondo, en el salón a oscuras, las sombras de tres figuras que se afanaban silenciosa y cuidadosamente en poner otros regalos, otros distintos y más valiosos que los que ellos habían colocado hacía unas horas, alrededor del Árbol. Y sí, eran las sombras de tres Reyes verdaderamente Magos.




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