Nunca me quisiste. Desde muy pequeño, cuando apenas había pisado esta ciudad que crees tuya, te veía pasar ante mí sin querer ni mirarme. Mi juventud no me permitía el idilio imposible, el que cada día contemplaba en los labios de seres más afortunados. Soñé cada noche con pasear de tu mano, con poder abrazarte con la pasión incontenida, con que me devolvieras tanto desvelo o simplemente me trataras con el amor con el que inundabas a mis semejantes… pero no. Nunca lo hiciste.

Solo recibí de ti amargas decepciones. Cuando humildemente intentaba acercar mis labios a los tuyos eras fría, indolente, sin apenas fuerza. Sufría viendo como mis tertulianos gozaban de tu aprecio, de tu entrega sin medida en ese trance que les hacías alcanzar con tu simple cercanía. Los amabas y ellos te amaban, pero yo nunca estuve entre tus elegidos. Pronto comprendí que nuestra relación estaba condenada al fracaso, a que el encuentro amable nunca fuera posible, a que jamás nos pudiéramos fundir en ese abrazo continuo que sólo guardas para aquellos que crees que siempre te son fieles.


No te odio, porque como dijo el poeta, odiar es en la vida un cierto modo de amar. Y yo, definitivamente, no te amo. Ya he jurado que nunca lo haré, y lo proclamo a los cuatro vientos. Apenas si tolero tu presencia entre mis allegados, acaso mientras no pretendas ocupar el lugar que guardo para lo que me permite vivir libre, alegre en brazos de otra, entre susurros de cristal y aromas a maderas nobles.

Definitivamente no te quiero… cerveza.