Mientras se pretende exhumar los restos mortales de Franco  -más que un cadáver-, por el procedimiento de un decretazo tan dictatorial como el régimen que odia, los políticos (todos, porque Rajoy también lo hizo) siguen enterrando viva a la democracia.

Pedro Sánchez es un experto en carambolas que aún no se ha ganado nada a pulso y mucho menos en las urnas. Sólo sabe colarse por las rendijas, pero no entrar por la puerta grande. No tiene huevos para enfrentarse a la soberanía popular. Si en vez de político se le hubiera ocurrido ser torero, se muere de hambre. Se tira la vida saltando al callejón. A lo mejor de eso le vino dejar que los inmigrantes saltaran las verjas sin organizar antes dónde meterlos. Hasta su enemiga íntima Susana Díaz está desbordada en tutelar menores. Todo lo que se le ocurre a Pedro Sánchez, incluso asistir a conciertos, parece estar hecho en pateras, sin papeles… sin votos. Su único papel es la dictadura del decreto ley (que tanto echó en cara a Rajoy la portavoz de este desgobierno), papel mojado en su carácter de extraordinaria y urgente necesidad. Las primeras prisas le han entrado con Franco, que está claro lo extraordinaria y urgente que es la cuestión de sacarlo del Valle de los Caídos, un entretenimiento del rencor y de su estómago lleno de cristales que Sánchez se ha buscado en vista de que España está sin problemas, con todo resuelto. Un decretazo del nuevo caudillo Sánchez impedirá las defensas más naturales de un Estado de Derecho, como la que asiste a la familia Franco para oponerse a la exhumación.


Se avanza desde hace ya muchos años, no sólo ahora con Sánchez, por una zona gravemente peligrosa, por un camino de no retorno salvo regresando de forma violenta y puede que hasta bélica: constantemente se está sancionando por ley la inseguridad jurídica para todos, se va erradicando el derecho a defendernos. Quieren sacar a Franco de su tumba y a nosotros de la democracia. No somos nadie. Ni muertos ni vivos.