Recuerdo aquella Sevilla antes del 92, tan pueblerina y tan nuestra, con los mismos de siempre donde siempre. Por aquellas costumbres la dejé, justo cuando apareció Curro y su arco iris, me tocó marchar. Al contrario de la suerte que corrió la simpática y amable mascota, que posó su vuelo en la ciudad que me vio nacer. Mala suerte la mía, cuando iba a progresar en dos días, que es un decir de seis meses que duró la Muestra.

Desde la distancia vi crecer su S-30 , sus hotelitos y hotelazos, los modernos edificios junto a la antigua Cartuja, y una población de acentos diversos que se afianzaba a los rincones de esta tierra para siempre. Los belgas se afincaban como costaleros y los canadienses se vestían de nazarenos.
Contemplaba desde Aragón una ciudad impresionante, moderna, cosmopolita…


Volví. Volví muchos años después, anteayer como quien dice. Y compruebo que ya no tenemos solamente la Catedral más grande del mundo. Se ha sembrado una seta gigante y han levantado una torre que deja a nuestra Giralda encogida por la edad. ¿Qué esperábamos? Plantemos una seta (tómese en el sentido que se desee), unos frigoles mágicos a lo sevillano, de tal manera que las generaciones venideras nos tomen por locos.

El duende de Sevilla se despierta ahora por el ruido de un tranvía y los impertinentes timbres de bicicletas, huyendo despavorido por el Arco del Postigo, buscando escaparse por la puerta de albero y muelle antiguo del Arenal.

Pero queridos sevillanos, las grandes ciudades no son de nadie. Ya no hay una Sevilla Nuestra. Y, me gusten o no, reconozco que prefiero Las Setas sobre aquel solar, junto al que viví veintisiete años, antes que aquella escombrera con ratas del viejo mercado de la Encarnación. Ya sé, ya: el dinero que ha costado, la política de cantineros de Junta, el “se podía haber hecho otra cosa” y cien motivos más. Pero, como dice mi admirado Javier Salvago, toda gran ciudad necesita una buena escalinata para los turistas. Y ahí la tienen. Para los que nos dan de comer, dicen. Como también tenemos nuestro rascacielo, un barra de labios gigante como una Catedral. Un sky line rebujito para una ciudad que es capaz de llevar con elegancia sus dualidades. Dos Maestranzas. Dos orillas. Flamenco y flamenquito jondo… Pensemos en positivo, porque siempre nos quedará subir al último piso de Torre Sevilla (Pelli “pa” los amigos), y como aquel parisino al que no le gustaba la Torre Eiffel, pensar sobre Sevilla lo mismo que él hizo sobre París estando en las alturas de aquel gigante de metal: “lo bueno de subir a la Torre Eiffel es que desde aquí no se ve”. Pues también lo bueno de subir a la Torre Pelli es que resulta la mejor manera de quitárnosla de enmedio y que nos deje mirar Sevilla. Lo que muchos dudarán es que ésta llegue a ser el símbolo de Sevilla como la Eiffel de París.

Alejaros de esta ciudad un tiempo y veréis el efecto que provoca la distancia, la que da perspectiva. Porque desde aquella Serva la Barí, pasando por la Hispalense, hemos llegado a Sevilla.
No quejarse, ¡que somos muy grandes!

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