¡No puedo respirar…!

Está tardando mucho en salir alguna marca comercial que explote el lema por antonomasia de esta primavera.

“¡No puedo respirar!” es un slogan interracial, interclasista, transversal (como le gusta pronunciar a la izquierda ahora), igualitario, global, victimizador, con algo de opresivo y también de urgente. Y de actualidad, claro, muy de actualidad, porque es la voz que ha inundado durante tres meses en todo el globo las salas de hospitales, las UCI, las urgencias, las ambulancias y, en España en especial, las residencias de mayores.

“¡No puedo respirar!” puede ser muy bien el emblema de una era, el retrato de una época de podredumbre que compita con aquel “La chispa de la vida” de la Coca-Cola de los hippies en los 60, pero esta vez para concelebrar el rebrote de un postcomunismo ciego y fuera del tiempo que la China de Xi, en colaboración con la OMS de Tedros Adhanom, el esbirro abisinio, ha querido resucitarnos para colocarlo en el frontispicio de esta ruinosa utopía, tan vieja y obsoleta que no respira ni con branquias.

Resulta muy injusto que quien reciba la gloria por haber popularizado el lema a nivel planetario haya sido un tipo enchufado de anfetas hasta el tapón y de Minnéapolis, patria de Prince y de los mosquitos agresivos como lobos, pero es él, o su familia por mejor decir, quien ha logrado rentabilizar hasta ahora semejante hallazgo, cuando el mismísimo Pablo Iglesias podría disputarle con buenos motivos a George Floyd la autoría o al menos la inducción a semejante hazaña por sus logros en la muerte negligente de más de 20.000 ancianos y otros tantos no tan viejos asfixiados.

Pero George Floyd tiene nombre de sparring mediocre de los pesos pesados, el típico “juguete roto” del deporte de élite que acaba sus días sonado en un motel de carretera de la ruta 66 entre Illinois y California, y Pablo Iglesias lo tiene de tipógrafo irredento con manguitos y chulería obscena y rancia. No hay rival.

La vida de George Floyd en ‘Minesoura’ daría tal vez para una serie en Netflix y quizá no tardaremos mucho en verla, convertido su protagonista en una especie de heroico Erin Brockovich que lucha por los derechos de los afros contra el mundo, cuando en realidad era sólo un penoso delincuente, un drogata asustaviejas cuya mayor hazaña consistió en zumbarse a lo largo de su vida, con su ‘big cock monster’, a unas cuantas actrices porno de cuarta fila.

La izquierda en todo el mundo cabalga contradicciones tan perversas e inasumibles como la de colocar en el papel de victimario racializado a un pletórico exponente de machismo heteropatriarcal que cada vez que salía un rato de la cárcel dedicaba su tiempo y su conciencia a sodomizar a mujeres por un puñado de dólares o a apuntar con arma corta en la barriga a una afro embarazada.

Pero, hermano, yo sí te creo, brother, porque al menos eso es un expediente policial de manual del Medio Oeste, de la América profunda que asesinó a sangre fría al padre de Michael Jordan, y no esa mierda que figura en todos los cv de los dirigentes de Podemos y de al menos la mitad de las altas cargas del PSOE, en los que, a falta de nada mucho mejor que colocar en ellos, figura de forma invariable que participaron en la marcha de un 8-M, en la acampada en la Puerta del Sol el 15-M como ‘flechas’ de la OJE o que acudieron a una manifa contra el G-20 en Génova.

Con alguna mierda predilencuencial, del tipo plantarte en tetas en mitad de una misa de ancianas o astillar una puerta del Rectorado de Sevilla, tu expediente está listo para ocupar un Ministerio o para calentar por un pastón un escaño en el Parlamento, pero Floyd, con un historial delictivo de mayor profundidad, estaba rondando apenas, al menor descuido, la condena a perpetuidad o la pena de calentar unos segundos el asiento de la silla eléctrica de un solo calambrazo.

Los heraldos de Mao Tsé Tung llevan 60 años, desde antes de la revolución cultural, recorriendo el mundo como embajadores mortíferos de la gripe, con todas sus variables imaginativas de la influenza comunista, incluidos los pangolines y los murciélagos como agentes secretos de un laboratorio histórico y universal enloquecido.

En España, los pangolines, los quirópteros, los mustélidos y las culebras de la ETA pregonan el comunismo y votan a Podemos como una forma de rencor social, porque es la mejor manera de expandirse por el mundo con ese efecto contagioso de subestupidez universitaria que lo mismo se sube a la tribuna del Congreso para enunciar cosas parvularias sobre la redistribución de la riqueza que se arrodilla y le besa las botas de skinhead a un rapero con una ficha policial de lumpen, “de una clase social mucho más baja que la nuestra”, como dice Iglesias, ya saben.

He oído decir que quienes están que se pudren de la envidia con esto de tanto arrodillarse son Pedro y Pablo, que desearían ver al pueblo como en Santa Gadea, todos rodilla en tierra en señal de pleitesía de camino al Falcon o meneando banderitas por la calle Princesa cada tarde cuando el subcomandante se dirija en el blindado hacia Galapagar de regreso a casa.

Lo próximo tal vez será encargarle a Roures un especial de OT donde los niñatos que aspiran a cantar y a bailar la yenka sólo con la izquierda se arrodillen ante la aparición de Pedro y Pablo a través de un plasma, porque lo que sabemos hasta ahora es que aquí quienes se arrodillan son Marlaska y la Montero, pero no los coroneles, que prefieren ser cesados de pie que hincarse en tierra ante estos diosecillos laicos elevados a los altares monclovitas por los independentistas y por los amigos de la ETA.

Los ‘fascistas’ como Trump amenazan con sacar a la calle a la Guardia Nacional para proteger las libertades y el orden, la propiedad privada y los derechos individuales. El sanchicomunismo, en cambio, lamina a los cuerpos policiales, acosa a los jueces, esconde a los muertos, miente, desfalca, nos secuestra y nos encierra pregonando un supuesto bien común que nos ha colocado a todos en el precipicio de la ruina.

Pero, según Sánchez, si aquí no se puede respirar es por culpa de la emergencia climática y de los fachas, así que tendremos que aclarar si procede decretar un estado de alarma de verdad y que dure siquiera cuatro años.

PS: Y C’s…, cuenten con su apoyo.

He dicho.




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