No os deis besos… pero en ningún sitio

No un una polémica que salte al primerísimo plano de las noticias, pero en ciertos ámbitos, las curiosas medidas sanitarias que lanzan las autoridades, primero en Italia y luego entre nosotros, han causado ciertas desazones en las redes sociales…

En el norte de Italia, hace ya semanas que, como primerísima medida para evitar contagios del nuevo virus, antes de pensar en gimnasios, en piscinas, en puntos de encuentro de mil tipos, antes de que cerraran los colegios, se decidió ante todo “suprimir las misas”. Sorprendente medida en una región tan descristianizada como repleta de iglesias grandiosas (donde difícilmente se producen bullas). Extraño, sí. Pero en fin, no opinemos de otros países, por cercanos que nos resulten.

Y ahora llega España. Y Sevilla. Ya incluso ANTES del multitudinario maratón del mes pasado, que nadie pensó en cancelar, ya se hablaba y luego se ha reiterado que “no debemos darnos la paz en la misa”.

No debemos darnos la paz… en la misa. De manera que de las costumbres católicas no se habla, se hace como si no existieran. No verán, en ninguna cartilla infantil, la frase “Pepito va a la iglesia”, aunque sí salgan todas las actividades imaginables. En las infinitas horas dedicadas al inglés en todos los colegios, nunca saldrá el cómo se dice “ir a misa” o cosas parecidas. Ese mundo, el del creyente practicante, se considera tan exiguo como irrelevante, ni mención merece. Y sólo sale a relucir en casos así, cuando se le puede acusar de nocivo.

En ámbitos cristianos, se ha producido una antipática controversia; a unos, entre los que me cuento, les chocan estas medidas. Y otros, comprensiblemente, opinan que no hay que ser fanático, y que empeñarse en cosas como darse la paz o ir al besamanos de una Virgen, cuando nos han dicho que es peligroso, pues eso es irresponsable y supersticioso.

Me dirigiría a los segundos para decirles: sí, lo que opinan suena razonable. Así puestos, ¿qué vamos a objetar? ¿Que efectivamente somos fanáticos y no nos importa diezmar a la población con tal de no cumplir un rito menor? Sí… lo han planteado de manera que ponen difícil el oponerse.

Pero esforcémonos. Lo de darse la paz en misa, ¿es realmente peligroso? Pero entonces lo será el estrecharse la mano y besarse en cualquier situación, ¿no?, no sólo en esa. Y en un país como el nuestro, de infinitos saludos y besos cotidianos, no hemos oído ninguna norma que diga: “Dejad de estrecharos la mano y de besaros”, “Saludaos sólo con gestos, pero ni os rocéis”. No se nos recomienda eso. Así pues, el único roce de manos que por lo visto es nocivo es el que se hace en la iglesia. Qué curioso, ¿no?

En películas y novelas antiguas, los personajes nunca prescindían de los guantes. Esta costumbre se ha perdido. Con las manos desnudas nos pasamos el día tocando todo, carritos de supermercado, puertas de taxis, botones y barras de autobuses, monedas… miles de superficies tocadas continuamente por miles de personas… Por toda recomendación nos dicen: “Hay que lavarse las manos”. Pero entre lavado y lavado, ¿no hay ocasión de múltiples contagios? Podían lanzar la recomendación, por ejemplo, de volver a la hermosa costumbre de los guantes, pero esto no se hace. En cambio, el apretón de manos en la iglesia, sólo el de la iglesia, por lo visto es lo único que no aguanta hasta el próximo lavado de manos, hay que suprimirlo, eliminarlo del todo. 

Parecería más lógico que, en caso de epidemia grave y mortal, y tras múltiples restricciones, un cristiano dijera: “Ya no toco a nadie, ni siquiera para dar la paz en misa”. Pero es chocante que sea lo primero que se le ocurra. Como es chocante que ese grupo, por lo visto tan minúsculo, tan ridículo, tan insignificante, que ni se le tiene en cuenta jamás (exámenes de oposiciones y mil otras cosas, en domingo. Que alguien sea de ir a misa, es algo que ni se plantea), ese grupo exiguo de “los que todavía van a misa”, sea justo el primero del que se acuerden para ponerle medidas higiénico-sanitarias.

En una sociedad besucona y toquiteadora, habrá quien el único beso que dé con agrado al día es el que deposita, en determinada fecha, a los pies de su Cristo. Perspicaces, los anticlericales intuyen que acabar con esto es un ataque, por insidioso más eficaz que otros más abiertos. 




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