No nos queda dignidad

Por Javier Hernández García

Han tejido el futuro, enterrando el pasado en una merendera de oprobios. Maestros de la mentira y la cobardía, y atrincherados en la paciencia han tejido, despacio y desde la urdimbre de los púlpitos, las fábricas, las televisiones, el parlamento las escuelas y las leyes una generación de hombres de plástico trufados en los derechos y no en la responsabilidad.

Las últimas generaciones enteras de españoles, se han ido a la cama, mirando horrorizados la foto de su abuelo, con chapiri de mili en áfrica, vestido de legionario, o de capa regular porque en la escuela como horror colectivo se les ha inoculado el pecado original de sentir la patria como una responsabilidad, que sólo se cura con el bautismo de la progresía, que nos debe alejar de repetir errores añejos que robaron España.

Hoy cualquier gañan de pueblo, con camiseta de Ralph Laurent, te acusa de xenófobo, porque no sabe, que los viejos españoles cerraron la frontera de medio mundo para mezclar razas, mezclar culturas y mezclar hombres y mujeres en un crisol de colores que ahormaba la humanidad, ni que los derechos humanos salieron de las leyes de Burgos y las leyes de Indias.

El bautismo progresista, no sólo roba la historia, roba el alma. La Hispania, que en un tiempo tuvo un palpable coagulo de sangre que fluía en torno al fuego de la idea de justicia universal y que se forjó al fuego del mestizaje de los mil acentos en una lengua común, que se fraguó a entre la herrumbre de los yelmos, el acero de las espadas y las sandalias de los monjes ha sido borradas y sustituidas las espuelas de los capitanes, por el sustantivo de “fascistas” para avergonzarnos a todos.

Las generaciones que nos precedieron han pasado a ceñir el pantalón de la vergüenza buscando el perdón de no ser fascistas, los hijos del progresismo han sustituido la instrucción militar por clases de igualdad e ideología de género, el armamento por un “póntelo pónselo”, la jura de bandera ya sólo se puede hacer a la bandera arcoiris, el conocimiento de la historia por una de desmemoria histórica, y mientras la policía mira para otro lado mientras mantenemos, sus regimientos en Canarias, y sus hijos Menas, violan a nuestras hijas, atracan a nuestras madres, roban en nuestras tiendas, ocupan nuestros pisos, se quedan con nuestras viviendas, y saquean nuestras pensiones y hacemos leyes, para no poderlos sacar de nuestras casas. No es que ocupen Ceuta o Melilla, es que ya han ocupado el país, y hacemos leyes para proteger al invasor.

Hubo un tiempo, cuando no éramos, solo una mota de polvo a la deriva en la Historia, si no hombres que moldeábamos la historia con orgullo, cuando los agricultores transformaban los arados en espadas, las ruedas en escudos, y España era puro metal de fundición grecorromana que escribía sobre los mapas del mundo la historia más grande jamás contada desde Troya, que no hubiéramos dejado, que ningún gordo maricón nos amenazara, por muy rey de Marruecos que fuera y mucha chilaba que se pusiera. Hoy sólo somos un país de “empáticos” maricones solidarios, porque defender nuestra casa es de franquistas, fascistas y xenófobos racistas y porque así reza el catecismo del progresismo patrio.

Sólo nuestros antiguos hispanos, del Sáhara, con valor, con orgullo de viejos hispanos, y pocos medios, se enfrentan como hombres en las ardientes arenas del desierto a la ocupación marroquí, y habría que recordar que al sol del desierto es donde únicamente crece la semilla de la dignidad y demuestran mil veces más orgullo que todos nosotros como nación. Que sólo por su entrega merecen nacer como nación lo que un día fue provincia. Pero España, esta España, sólo madrastra de sus mejores hijos y matrona de todos los traidores, sigue alimentando a los hijos de quien le escupen en la cara.

Mis abuelos, tan fachas ellos, tan xenófobos ellos, se revuelven en la tumba.




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