No mueve el mundo el dinero

Cuando se quiere ser cínico, o simplemente “muy realista” es frecuente atribuir todos los males de este mundo al afán del dinero.

Y no hay que ser iluso para comprender que no es así. Creemos que el amor al arte, y la curiosidad, que lleva a la ciencia, y el deseo de aventuras y de mejorar el mundo para la posteridad… en fin, multitud de emociones nobles y sinceras han dirigido el curso de la Historia (y omitamos aquí, aunque sea una omisión magna, la influencia del cristianismo).

Pero, yéndonos al otro extremo, es decir, viendo la innegable maldad en el mundo… pues sí, claro que existe, y que ha intervenido en la Historia en igual medida (habrá quien diga que más). Ahora bien, ¿la raíz de todos los males es el ansia de dinero? Pues no. Casi dan ganas de desear que fuera así – de este modo, la vida resultaría más simple, sabríamos a qué atenernos. Supondría una realidad desagradable (que el móvil de todos los “malos” fuera el dinero) pero al menos así se podría afrontar mejor.

En el campo de las emociones “malvadas” está el ansia de poder, de controlar y humillar al prójimo, el deleite en el mal ajeno, la extraña concupiscencia de destrozar mobiliario urbano y hasta humanas vidas…

Vayámonos a los autobuses urbanos. Resulta curioso que utilizar el autobús lo asociamos a un tipo de vida modesto y sencillo, mientras que un taxi o VTC sería un pequeño lujo; y sin embargo, el estatus de los conductores de uno y otro vehículo es el inverso… Tendemos a olvidarlo, y de repente algún detalle nos lo recuerda.

Vemos a un conductor de autobús, mirando como lobo ansioso de presa a los viajeros que van subiendo, y al fin, localizando a una viajera que subía el escalón con media cara tapada por la bufanda (“braga de cuello”), triunfante de dar con un amago de infractor en esta la más dócil de las ciudades, le grita: 

-¡Mascarillaaa! ¡Mascarillaaa!

La señora (que llevaba la mascarilla en una mano y el bonobús en la otra, es decir, no iba a resistirse), se disponía a ponerse el humillante bozal, ¡qué remedio!, pero al ver al conductor no pudo evitar decir:

-¡Pero si usted no la lleva!

-Tengo mis razones

-Bueno, y yo también.

-Enséñeme sus razones

-Pues enséñeme usted la suya

-YO no tengo por qué enseñarla. 

-¿Y yo sí?

-Usted tiene que enseñarla, porque está haciendo uso de un servicio público.

En fin- la viajera se puso su bozal y dejó de discutir. Legalmente hablando, es imposible que un conductor de autobuses, en noviembre de 2022, tenga derecho a exigir papeles médicos de nadie; pero no iba a referirme a argumentos legales. Hablábamos de si el dinero mueve el mundo. Evidentemente, mueve muchas cosas, pero todo, no.

El ansia de poder, y de controlar al prójimo, y de sentirse superior (puestos ya a hablar de motivaciones “malas” –y siempre recordando que las buenas y nobles también existen) pues… es un móvil poderosísimo. Este simple ejemplo del conductor “covinazi” lo demuestra. 

Él y miles de personas desean que continúe la imposición de la boca tapada. Para él no- él se ha procurado una exención. Ha conseguido librarse de esa norma vejatoria, pero se alegra de que los demás sigan con ella; es más, se erige en el máximo inspector de que los demás sigan vejados. No le van a dar ni un céntimo más por cada persona a la que humille; pero, por las turbias profundidades del alma humana, cada vez que lo hace se incrementa su satisfacción.

Hay una frase tremenda en “El Padrino” de Mario Puzo, al hablar de Carlo, el yerno del protagonista. “Estaba de muy buen humor. Siempre se sentía de buen humor después de pegar a su mujer”. (Y todavía se puede dar la explicación de que eso era un modo de resarcirse de lo mal que le hacían sentir los Corleone, su familia política – explicación que no hallamos en el autobusero). Humillar al próximo, con o sin agresión física, es horrible decirlo, pero indudablemente… proporciona un “placer” al agresor.

Por un lado tenemos esa motivación: el oscuro placer de humillar al otro.

Luego el ansia de privilegio. Ha conseguido la exención de la incomodísima mascarilla (cosa que no ha logrado, que yo sepa, ningún conductor VTC, ¿acaso porque los verdaderos trabajadores carecen del tiempo necesario para procurarse exenciones?). Pero si todos están exentos, ¿eso qué privilegio es? Necesita que los demás sigan oprimidos para sentirse superior él.

Hay quien atribuye la desfasada norma de la mascarilla en el transporte público en España a motivos económicos (“Hay que seguir con el negocio”). Seguramente existen. Pero no serían suficientes sin la existencia de un gran número de personas que desean se mantenga esta prohibición (muchos además cuidando de estar exentos ellos mismos), porque eso les hace sentirse realizados- como se sentía Carlo el marido de Connie.

Un alma bondadosa desea algo bueno para sí y para los demás. Una ruin no se preocupa tanto de conseguir lo bueno, sino de que los demás estén peor. 

La bondad mueve el mundo. Y la maldad también.

Esto lo comprendió muy bien el cristianismo. 




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