No anuncien ustedes nada

Andaba divagando por esta bendita ciudad al modo de no sé muy bien quién ni cuándo me enseñó; ya saben, aquí está prohibido mirar al suelo y quizás por eso sean los más feos del mundo, buscando una esquina en el aire donde escuchar hablar de sus cosas a la Sevilla cristiana, la judía, la mora y la romana.

Esas cosas que hablan la gente mayor, que quién gestó las gestas, que quién inventó el invento o quién edificó el edificio, y todo para llegar siempre al mismo sitio, nos pongamos como nos pongamos Sevilla es una ciudad sin tiempo.

Aprovechando ese reloj sin horas que alguna vez te puedes permitir acabé con mi codo en la barra de una de esas pocas tabernas en las que aún llaman a las cosas, y las tapas, por lo que son y parecen sin necesidad de añadirle un par de párrafos del Codex Giga para hacer que acabe por no importarte su falsedad y escasez.

Para que me entiendan mejor, lo que Pepe Arenzana llama palabras fonosimbólicas en el discurso que envuelve su Ficcionario, o sea, que la carne con tomate es carne con tomate y lo sabes desde que la ves.

Digo esto porque aún quedaba por allí un parroquiano experto en amontillado y caña de lomo, que todo hay que decirlo, empeñado en argumentar sus cuitas y desvelos por la cartelería de Semana Santa, y conste que de tal habilidad con su oratoria que a todos defendía y a todos condenaba a las calderas de Pedro Botero y su fuego eterno.

Perdonen la inmodestia, pero aquí llegó mi minuto de gloria; ese minuto del que todos los sevillanos juramos huir como de un apestado pero del que al llegar somos capaces de escribir un par de libros y dar no sé cuántas conferencias, charlas y mesas redondas.

¿De verdad necesita Sevilla un cartel para anunciar sus cosas?

Pregunto esto porque ya empiezo a reconocer en tanta fanfarria, tanto cuadro, o su copia, y tanta coreografía barata al tipo acomplejado y malagente que revela las intimidades de una dama en la primera ocasión que consigue tener más de dos tertulianos que le escuchen.

No anuncien ustedes nada, no hace falta, esta ciudad sin tiempo dice que es Navidad cuando niños de la mano pasean globos por Puente y Pellón y anuncia su Feria dando esplendor a la calle Adriano o llenando de lunares los rincones entre la Alfalfa y el Salvador.

No anuncien ustedes nada, dejen en paz la Semana Santa, que ya lo hace Sevilla sin que nadie le haga falta, enseñando parihuelas desnudas en cualquier Iglesia, tertulias en el bar de al lado con gente que lleva el trabajo debajo del brazo para ver si pueden meter el cuello en algún ensayo, o al mostrar la sonrisa de quien renunció a cualquier cosa pero ya tiene las papeletas de sitio en el cajón de la cómoda.

No anuncien ustedes nada, aquí todo empieza cuando un abuelo lleva a sus nietos a besar las manos de su devoción, y eso no hay pintor que lo pinte.




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