Negar la existencia

Se creen el ombligo del mundo, y razones no les faltan según los criterios con que hoy se miden la fama y la popularidad. Y como además van de divos, se homenajean y premian en sus incesantes ferias de promociones y vanidades: ellos se lo guisan y ellos se lo comen, aunque nos toque al resto subvencionarles sus emperifollados platos. Se sienten elite y miran por encima del hombro al resto, por más que sus vidas no sean precisamente «ejemplares» ni modelos de coherencia para nadie.

Por eso, es fácil entender que uno de sus representantes más conspicuos, con el arroz pasado pero muy crecido aún en su pomposa vanagloria, contestase sin rubor «Les niego la existencia», cuando le preguntaron por un nuevo grupo político que les baila poco el agua, pero al que acaban de avalar cuatrocientos mil votantes en Andalucía. ¡No existen, ea!, proclamó el diosecillo de Calzada de Calatrava.

Aunque, como nada es perfecto, a veces se les cuelan elementos extraños a su mundillo de oropel, y se les escapan brotes de humanidad…

Como sucedió en la última gala de los premio Goya, cuando aplaudieron emocionados las magníficas palabras de acción de gracias («Gracias a mis padres… por darme la vida») de un actor discapacitado. La incoherencia gorda es que, sólo unos minutos antes, estaban aplaudiendo también a otra premiada que, entre otras cosas, reclamaba el aborto (matar a los hijos antes de nacer) como un derecho de la sanidad pública.

Incoherencia gorda porque una parte de los cien mil seres humanos a los que se aborta cada año en España, lo son precisamente por considerar que tienen discapacidades similares a las de los actores de la película Campeones, que tanto nos emocionan. Para los discapacitados se reivindica inclusión, diversidad y visibilidad…, y eso está muy bien. Pero antes que nada, habría que dejarles existir permitiéndoles nacer.



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