Navidades en julio

Prácticamente cada año, al acabar la Navidad y regresar a la rutina diaria, alejada de luces y adornos navideños, villancicos, belenes caseros y dulces ricos en grasas, este hecho provoca en mí, desde mi más tierna infancia (discúlpenme el tópico) habitual e indefectiblemente, una sensación pseudodepresiva.

Es entonces cuando me aplico una terapia que infaliblemente suele causar un efecto sanador de mi estado melancólico. 

Consiste en colocar en mi reproductor doméstico una de estas dos películas (o las dos si la melancolía es de proporciones monumentales, cosa no rara): “Navidades en Julio” y “Al servicio de las damas” (“My Man Godfrey” en el original). 

Ambas son dos obras maestras indiscutibles de lo que fue la comedia loca y elegante de los años dorados de Hollywood y cuentan con dos directores que fueron auténticos maestros en ese género, como son Preston Sturges y Gregory La Cava.

Y es que, cuando se visionan esas películas y otras muestras insignes de esa especie, tienes la impresión de que siempre pudiera ser Navidad, solo bastaría con tener el ánimo, y sobre todo el humor, adecuado. 

La trama de “Navidades en Julio” es simple y a la vez sumamente ingeniosa: Jimmy McDonald, empleado de la Compañía Cafetera “Baxter”, se niega a casarse con su novia hasta que no haya prosperado. Para ver cumplido su sueño, Jimmy, al que le encanta participar en concursos, envía un lema al concurso de una Compañía Cafetera de la competencia. Tres de sus amigos deciden gastarle una broma y le mandan un telegrama diciéndole que ha ganado los 25.000 dólares del primer premio. Jimmy, Betty y toda la oficina empiezan a celebrarlo. El señor Baxter piensa que las ideas de Jimmy deben ser buenas y le asciende al departamento de publicidad. Pero aparece el propietario de la otra compañía para denunciar a Jimmy… por supuesto todo discurre hasta el esperado final feliz. En definitiva, una completa delicia que invita, al igual que las otras magistrales comedias de Sturges, a la alegría de vivir.

 

 

Preston Sturges encadenó en tres años cuatro piezas magistrales en este estilo, la citada “Navidades en Julio” (1940), “Las tres noches de Eva” y “Los viajes de Sullivan” (1941). Y “The Palm Beach Story”, en España “Un marido rico” (1942), y La Cava tiene en su haber además “Stage Door”  (“Damas del Teatro”) o “La muchacha de la quinta Avenida”.  Todas ellas obras maestras en ese inimitable estilo hollywoodiense que dulcificó y alegró, bien que fuera por un par de horas, a tantos y tantos, aquellos años de guerra y posguerra amén de crisis económica. 

No solo los considerados grandes como Howard Hawks (“La fiera de mi niña”, “Luna Nueva”, “Bola de Fuego” o la más tardía “Su juego favorito”) , Lubitsch ( “El bazar de las sorpresas”, “Lo que piensan las mujeres”, “La octava mujer de Barba azul”, “Ninotchka”…), Frank Capra (“Sucedió una noche”, “Vive como quieras”…), George Cukor (“Cena a las ocho”,  “Historias de Filadelfia”, “La costilla de Adan”…) o el gran Leo McCarey (“La pícara puritana”, “Hubo una luna de miel”…) tienen muestras inmensas en este género del que fue maestro Sturges, también otros directores que erróneamente son considerados menores, como Mitchell Leisen (“Una chica afortunada”, “Medianoche”) o el magnífico Garson Kanin (“Mama a la fuerza”, “Mi mujer favorita”).

Ese cine que hoy está prácticamente solo reservado a nostálgicos de la época dorada de Hollywood, que apenas difunden las televisiones y que, tristemente, es desconocido para la inmensa mayor parte de la juventud actual, fue creado, escrito y dirigido por personas peculiares, inmensamente inteligentes y, al tiempo, gente que en su mayoría tenía también una vida privada excéntrica y alocada.  

De “La Cava” me ocuparé quizá en otra ocasión, pero quiero hablarles hoy de Preston Sturges, un personaje por el que tengo especial predilección, un genio extravagante y lucido, que pudo ser uno de los más grandes directores de la historia del cine y que, en cambio, dilapidó su brillante inteligencia en unos pocos años y una escasa decena de películas magníficas, un bon vivant bohemio y refinado, un dandy en el sentido más clásico del término. Un escritor, como a él le gustaba referirse a sí mismo, que, de vez en cuando conseguía dirigir películas.

 

 

Pionero de los guionistas que pasaron a dirigir sus propias historias, y que abrió la puerta a otros que vinieron después como Billy Wilder, John Huston, Blake Edwards, Paul Shrader… en unos años (los primeros cuarenta) en la que eso era una autentica proeza.

Preston Sturges ya estaba predestinado a tener una vida diferente desde su nacimiento. La que fue su madre tiene mucho que ver con ello. 

Tuvo una infancia viajera, cosmopolita y contagiada de la existencia bohemia que arrastraba Mary, su madre, de un lado a otro de Europa. Mary era un personaje excéntrico, divertido y extravagante, que vivía una vida inventada por ella, y que compartía con su hijo, en la que hacía creer a todos que pertenecía a la aristocracia italiana. 

En su autobiografía inacabada, “Preston Sturges por Preston Sturges”, éste dice de ella: “Mi madre no era en ningún sentido mentirosa… ni siquiera estaba familiarizada con la realidad”. Con ella vivió temporadas en en París, Berlín, Bayreuth (Alemania), Deauville o la Riviera (Francia), donde ella iba a vender los productos de belleza de su boutique, Maison Desti, y, frecuentemente se reunía con la famosísima bailarina Isadora Duncan, su mejor amiga, con la que el joven Preston compartió muchas de sus giras por los mejores teatros de Europa. Al tiempo Mary frecuentaba la compañía de una pléyade de millonarios, muchos de ellos pretendientes y, alguno de estos, hasta marido poco después.

Preston, ya de pequeño, hablaba mejor el francés que el inglés. La razón es que su madre lo envió a varios internados en Francia y en Suiza. Vivió su infancia y adolescencia en un mundo que muy bien podría haber sido el marco de una de las novelas de Scott Fitzgerald, lleno de música de jazz y personajes excéntricos y bohemios, que, con toda seguridad, le inspiraron muchos de los personajes que posteriormente aparecieron en sus guiones y películas. 

Tras pasar brevemente, ya en Estados Unidos, por el ejército (se alistó, como voluntario, en 1917, comenzando su adiestramiento como piloto, pero la guerra acabó antes de terminar su formación, aunque esos meses le sirvieron para publicar en el periódico del campo de entrenamiento una página cómica semanal), comenzó a trabajar en la empresa de cosmética de su madre y dio rienda suelta a su inventiva creando para ella un lápiz de labios que no se borraba con los besos… todo en él siempre fue excepcional.

Luego pasó por varios empleos más, hasta que en 1929 una función teatral que presenció en Broadway junto a su novia de entonces, le hizo pensar que él también era capaz de escribir algo igual o mejor. Era el comienzo de su carrera como escritor.

Su segundo estreno teatral, “Strictly Dishonorable”, fue un gran éxito que le hizo, al fin, ganar mucho dinero (que tal como ganó, gastó) y que propició su contratación por la Paramount para escribir un guion para la gran estrella francesa Maurice Chevalier. Ese primer guion fue “The Big Pond”. Después de este vinieron muchos guiones. Se trasladó a Hollywood, “empezando desde abajo en Universal, trabajando en equipo con otros escritores, ¡como quienes se encargan de mover un piano!”, explicó en sus memorias. Viendo con pesar y decepción como otros maltrataban sus textos le llevó a dar el paso, inaudito en aquellos tiempos, de intentar dirigir sus propios guiones.

Fue una ardua y larga tarea convencer a las productoras, que no contemplaban esa posibilidad. Nunca antes el autor de las historias había pasado a estar detrás de la cámara.

 

 

Irónicamente, y posiblemente también con algo de amargura, dice el propio Sturges en sus recuerdos, “Lo único sorprendente de mi carrera en Hollywood es que tuve una”.

Cuando por fin logró que Paramount le permitiera dirigir su primera película, “The Great McGinty”, en 1940, una comedia en la que ironizaba con la demagogia y la corrupción política en Estados Unidos, ya tenía 42 años y llevaba más de diez trabajando como guionista en Hollywood. Para poder conseguirlo tuvo que vender el guion por apenas 10 dólares, para así asegurarse poder dirigirlo y tener control total sobre él. Toda una extravagancia, una más en aquellos tiempos. Ganó con esa primera película el Oscar de la Academia al Mejor Guion Original y a partir de entonces comenzó su demasiado breve buena racha. 

Esta duró tan solo cuatro años, del 40 al 44, en los que dirigiría un total de ocho películas, la mayoría de ellas consideradas hoy auténticos clásicos y entre las mejores comedias jamás realizadas: “Navidades en Julio”, “Las tres noches de Eva”, “Los viajes de Sullivan”, “Un marido rico”, “El milagro de Morgan’s Creek”…cuatro años en los que logró que su nombre fuera sinónimo de humor inteligente, ingenioso, disparatado pero con mensaje y criterio moral, una comicidad elegante y refinada, mezcla de la causticidad y el ritmo del slapstick americano y el más sofisticado humor europeo. 

Sus películas están repletas de brillantes y agudos diálogos, chispeantes y, en muchas ocasiones, con doble sentido. Y de personajes que, bajo una fachada quizá mediocre o vulgar, escondían un filósofo en potencia. Como aquel mayordomo del director de cine protagonista de esa obra maestra titulada “Los viajes de Sullivan”, cuando le habla a su jefe de lo que en realidad significa la pobreza… y tantos otros.

En esta época dorada, Sturges se dedicó a vivir la vida como le dio la gana, invirtió en una empresa de ingeniería y, en el verano de 1940, fundó “The Players”, un lujoso restaurante y club nocturno que, a pesar de lograr gran popularidad, y debido a su poco apego al dinero y su innata extravagancia (quiso poner en el escenario una pista giratoria, construir un teatro en el mismo y otras excentricidades) no le dio más que perdidas. 

Deseoso de mayor independencia, se asoció en 1944 con el multimillonario y también excéntrico Howard Hughes y crearon California Pictures. Una asociación entre tan potentes e inestables personalidades no podía acabar más que en el fracaso y la ruptura, como así fue. Pero entretanto Sturges logró lo que solo Charles Chaplin había logrado en Estados Unidos, rezar al tiempo como escritor, productor y director, un status del que solo gozaron en aquella época otras dos personas: Noel Coward en Inglaterra y René Clair en Francia. 

Pero su declive había ya comenzado y su estrella había palidecido para siempre a pesar de que siguió intentándolo hasta el final de sus días.

Dirigió “Infielmente tuya” en 1948, producida por Darryl Zanuck en la Fox y luego, también en esta, “The Beautiful Blonde from Bashful Bend”, en 1949, que representaron dos grandes fracasos comerciales.

Continuó escribiendo, pero no encontraba dinero para financiar esos proyectos.

Una deuda con Hacienda le hizo perder “The Players” en 1953. A pesar de todo escribió: “tuve tanto durante tanto tiempo, es bastante lógico que el péndulo se mueva de un lado a otro, y realmente no puedo quejarme”.

Pero de resultas de tantos reveses se dio a la bebida, se deterioró su matrimonio y perdió muchas de sus amistades y contactos.

Regresó a la Europa de su infancia para dirigir su última película, basada en una novela francesa, “Les Carnets du Major Thompson”.  No logró tampoco el ansiado éxito.

Cuando le ofrecieron escribir su autobiografía logró un respiro económico después de un periodo de penuria. 

Él, que le gustaba vivir a lo grande, y gracias al adelanto que la editorial le entregó por sus memorias, se fue a vivir al famoso hotel Algonquin de Nueva York, el mismo en que Dorothy Parker celebraba su tertulia literaria y en el que William Faulkner escribió su discurso de aceptación del premio Nobel.

En la habitación del hotel, mientras bebía y llenaba cuartillas con su nada aburrida vida, le sorprendió la muerte. Dejó sus recuerdos inacabados. El corazón le falló. Fue un seis de agosto de 1959, tenía solo sesenta y un años.

Nos dejó su ingenio, su maestría en los diálogos, fue el gran renovador de la comedia estadounidense de los años 40. Su valentía al ser el primer cineasta que se atrevió a plantarse frente a los estudios para hacer lo que quería en lugar de lo que le ordenaban.

Y, como el de casi todos los primeros en algo, su destino estuvo abocado al fracaso y luego, tristemente y por muchos años, al olvido. 

Ojalá sirvan estas humildes líneas para que quizá alguien las lea y busque alguna de aquellas pequeñas joyas que realizó en sus cuatro años de gloria. Seguramente me lo agradecerán.

Como final de este pequeño homenaje a un grande, esta era su lista de diez recomendaciones (que eran once) para que una comedia tuviera éxito:

 

“Una chica guapa es mejor que una fea.

Una pierna es mejor que un brazo.

Un dormitorio es mejor que un salón.

Una llegada es mejor que una partida.

Un nacimiento es mejor que una muerte.

Una persecución es mejor que una conversación.

Un perro es mejor que un paisaje.

Un gatito es mejor que un perro.

Un bebé es mejor que un gatito.

Un beso es mejor que un bebé.

Una buena caída es mejor que todo lo demás”.

 

Brillante e inimitable, Preston Sturges.




Share and Enjoy !

0Shares
0 0

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *