Aun partiendo de que los designios de Dios son inescrutables, no deja de sorprender que cuando nos creó inteligentes y libres, también nos estaba permitiendo oponernos a sus planes e incluso marginarle y hasta negar su existencia. Y en esas andamos en Occidente…


Con sociedades teóricamente cristianas y muy crecidas en su orgullo por el desarrollo científico y técnico, pero donde cualquier reconocimiento público de Dios va siendo apartado  de la vida pública (salvo si resulta rentable económicamente), y relegado al último rincón de la conciencia, escondido como un sentimiento vergonzosamente infantil. A este paso no sería extraño que, en un futuro no muy lejano, una fiesta de raíz y esencia tan cristiana como la Navidad acabase reducida a una deslumbrante celebración vaciada de su auténtico sentido.

Una fiesta ornada de espléndidas luces y colores, con abetos, estrellas y falsa nieve, con muchos gordos de barbas blancas vestidos de rojo, donde intercambiásemos regalos pero sin recordar ni la causa ni el por qué de nuestra aparente generosidad.


Una fiesta en la que habríamos olvidado que Navidad procede de natividad: del nacimiento en un pesebre de un Niño que fue el gran regalo de Dios a la humanidad.