Napoleones de la guillotina

Díganlo en cualquier idioma, pero imponer la exigencia de un certificado de vacunación para entrar en establecimientos de hostelería me parece una agresión absolutamente injustificable y es un paso más en el delirio de la política especulativa (ellos dirán que es política profiláctica o preventiva) que, a falta de mayor confirmación empírica, se antepone a la ciencia, la menoscaba y la ridiculiza.

La ciencia alcanza hasta un nivel y los rincones y planicies que deje en cada momento no pueden ser cubiertos con una profecía más o menos caprichosa de quienes están llamados a guiarse con prudencia y no con los maximalismos preventivos que arruinan en primera instancia los derechos de los individuos además de condenarnos sin límite ni pausa a una extremaunción infinita.

Prudencia, sí, pero no suposiciones indemostradas que aparejen el cierre y la ruina, además de un desplome colosal de los derechos fundamentales y de la economía, porque la pretendida imposición de un certificado de vacunación para acceder a los locales cotidianos arrasa el derecho del paciente a no seguir una pauta médica y también la privacidad de datos, ya que obliga al ciudadano a revelar si es o no “de los buenos”, si ha sido sometido o no a determinada tratamiento.

La hipercorrección política no se atrevió jamás a semejante tropelía con los pacientes contagiados de SIDA ni siquiera cuando aún no se conocían del todo las vías de transmisión de dicha enfermedad, a la que durante mucho tiempo se consideró la enfermedad de “las tres H” porque se relacionó durante largo tiempo con la Homosexualidad, los Haitianos y la Heroína.

Esos tres grupos tenían en común sus altas tasas de incidencia, pero por razones bien diversas vinculadas a ciertos usos promiscuos que permitían de distinto modo un intercambio de fluidos potencialmente peligroso. Ni siquiera así se atrevió nadie a la estigmatización de tales grupos y pusieron el grito en el cielo cuando se les señaló no por su mera condición sino por sus costumbres poco higiénicas y menos precavidas.

Los políticos y muchos medios de comunicación llevan mintiendo en año y medio lo más grande y han llegado a un punto en el que pretenden instalarnos como algo científico lo que no pasan de ser auspicios y temores sin confirmación.

Quiero decir con ello que la ciencia responde de las vacunas hasta donde le alcanza (más ventajas que riesgos), pero no se atreve aún con definir los efectos paralelos secundarios en según qué grupos de población ni con las consecuencias que se deriven a medio y largo plazo. Fuera de esto, lo demás es una decisión política, que no puede conllevar prohibiciones taxativas en ámbitos imaginados porque por ese método podrían decretarnos la extinción o no bañarnos en el mar bajo amenaza los próximos veinte años, por si acaso.

Desde otro punto de vista, el de los empresarios, la proyección precautoria de las autoridades consiste en que los gobiernos deciden quiénes pueden entrar y quiénes no en tu negocio basándose en razones acientíficas y apenas sostenidas por auspicios pesimistas que la ciencia es incapaz de acreditar. Pueden recomendarse medidas sociales de guardar pautas de comportamiento como profilaxis, pero no en absoluto imponer de manera flagrante y discriminatoria invasión tan contumaz y contundente y por tiempo no determinado con el riesgo de que sea para siempre.

La sensación final que produce tanto desparpajo es la de que nos están engañando y provoca la desconfianza de buena parte de la población, que a estas alturas lleva a muchos a confundir la mentira de los políticos con la limitada capacidad de obtener respuestas completas por parte de la Ciencia, haciendo de todo ello un revolutum fenomenal que conduce no sin cierta lógica a la conspiranoia o al menos a la desconfianza.

Hubo no hace mucho un presidente de una república europea perfectamente homologada que auspició, promovió, facilitó y protegió la ejecución de un genocidio de 800.000 personas en cien días sin importarle ni un centavo la consecuencia atroz en la que desembocaron sus intereses puntuales, así que no nos van a convencer de la supuesta bondad intrínseca de sus decisiones de ocasión. Ocurrió en Ruanda y aquel presidente era tan socialista como su sucesor actual y se llamaba François Miterrand, de modo que Macron, otro Napoleoncito con ínfulas de emperador, no podrá apelar a que se le conceda un margen de confianza tan extremo de forma gratuita si no es exponiendo su propia cabeza en la guillotina del juicio que le pudiera corresponder por su empeño.

Pero, ¡ojo!, porque vale igual para Feijóo, para Sánchez, para Casado, para Moreno Bonilla o para cualquier otro entusiasta de las medidas extremas que pretenden imponer y que conducen a la ruina a todos, convertidos en siervos de la gleba o de la subvención mientras ellos casta bien pagada profetizan riesgos milenaristas y amenazan con miedos catedralicios y castigos eternos a los ‘infieles’ que desafíen sus auspicios medievales desde los púlpitos de la mentira o de la mera suposición pero revestidos de alguna clase de buena intención.

He dicho.




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