Musina

A Musina le importa poco que los inviernos que se tienden sobre las tierras de Toledo sean de rigor o no. A Musina, lo que verdaderamente le interesa y le divierte es ponerse a juguetear con las gotitas del rocío tempranero. Dice que es capaz de introducirse en ellas y ejercer la adivinación. Yo, un incrédulo de toda la vida, me asombro de que alguien pueda ver por entre tan diminutas maravillas.

Musina es escueta en las respuestas. Ella dirá que el esfuerzo dialéctico lo ponga este bicho raro que todo lo envuelve en un amasijo de sentimientos. Algo hermética también es. No se deja atravesar el alma fácilmente, Que para entresacarle algún destello, hay que removerla de la cara conocible de su luna a fuerza de un sinfín de florituras.

A Musina le encanta Sorolla. Y Elton John. Y el mar. Y el número siete. Y de vez en cuando se sumerge en las cristalinas ilustraciones de Elzbieta, de quien probablemente escogió su gracia. Le flipa volar. Asegura que dispone de alas, de las alas necesarias para rasar sin desmayo los trozos desgarrados del tiempo…

Ah, se me olvidó decirles que Musina es un ángel, el ángel que por ahora me guarda.




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