Por Luis Gaisse Fariña

Dentro del “Año Murillo”, en breves fechas tendremos la oportunidad de contemplar la Exposición de nuestro querido pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo en el Espacio Santa Clara. Será ocasión para recordar los momentos de mayor auge de nuestra ciudad, cuando era la ciudad más poblada de España y una de las mayores de Europa, y su decadencia originada en parte por la terrible peste de 1649 que ocasionó 60.000 muertos y redujo la población a la mitad, y en parte por la decadencia general de la nación tras la guerra de los 30 años.

En este siglo de oro de la pintura española (y europea) coinciden maestros tan significativos como Zurbarán, Ribera, Velázquez, Rembrandt, Vermeer, etc. y el propio Murillo. Parece una generación irrepetible no sólo por el talento sino también por las circunstancias culturales y religiosas. Efectivamente la posibilidad de costear estas obras, a veces monumentales, tanto por parte de la Iglesia como por mecenas profanos, y más de fondo el sentido iconográfico que tiene la pintura como medio de formación catequética o de perpetuarse por medio de retratos o con el embellecimiento de palacios.


Hoy en día es casi imposible que salga una generación de pintores de esta categoría. Y no es por una cuestión técnica, sino más bien por razón de la cultura. Lo expresaba bien una pegadiza canción que se hizo popular en los 80, “video killed the radio star”. Vivimos momentos culturales muy rápidos en los que la imagen en movimiento es fundamental. Si se quiere trasmitir una idea difícilmente sirve un discurso, ni tampoco una imagen estática, se requiere acción. El vídeo, la imagen en cine, en video-juego o powerpoint, no sólo mata a la estrella de la radio, sino que arrasa con todo. Por eso mayor mérito tienen esos pintores como Murillo que saben expresar en un solo gráfico todo el devenir de una historia y llenarlo de sentido.

Hay algo detrás de estos logros en Murillo. Es su profunda religiosidad. Nos encontramos con un hombre realmente comprometido con su fe. Conocedor de la espiritualidad franciscana que vivía con intensidad, e implicado en la beneficencia hasta el punto de ser un generoso hermano de la Caridad acompañando a su amigo el Venerable Miguel de Mañara. D. Bartolomé Esteban Murillo no pinta simplemente mujeres guapas, pinta la idealización de la belleza en la Virgen María, en la Madre de Dios. Creo que sería sencillamente imposible hacer lo que él hace sin una profunda vida espiritual que le lleva a tener vida contemplativa en medio de sus actividades profesionales. Un hombre santo de su tiempo, sin duda.