Entre los vivos siempre ha habido clases. Y también con los muertos. En 2018 fueron 47 las mujeres muertas por hombres que habían sido sus parejas o exparejas. Un dato triste, pero que (comparado con las muertes habidas en similar ámbito en otros países) desmiente que los españoles seamos tan sanguinarios como intentan hacernos creer adoctrinadores y rabiosos discursos. Y un número que, por cierto, mermaría bastante si sólo se computase a los autores que son españoles de origen.Mujeres asesinadas por maldad, odio, celos, rabia, desesperación, venganza y, en resumen, por la degradación y descomposición de lo que tendría que haber sido una feliz relación amorosa. Unas muertes englobadas bajo la denominada violencia de género o violencia machista, que el ultrafeminismo más irracional utiliza como ariete de la Ideología de género, para acusar a todo varón heteropatriarcal de asesino y violador en potencia.

Sin embargo, interesadamente se oculta que, en en similares relaciones aunque en número menor, también hay hombres e hijos que mueren a mano de mujeres. Porque las únicas víctimas de género sobre las que nos alarman y machacan desde la mayoría de partidos y medios de comunicación son aquellas 47 mujeres. Quizás porque estas desgraciadas muertes son también las que generan millonarias subvenciones a una multitud de organizaciones feministas conectadas con los partidos políticos. Casualidades de la vida (y de la muerte).