Motivaciones a las que apelan… 

La Historia del siglo XIX en Europa es apasionante- y la de todos los siglos. Bismarck es un personaje que pocos dejarán de considerar antipático, en su crueldad y falta de escrúpulos, y con ese modo de provocar guerras artificial e insidiosamente si convenía a sus planes (aunque hasta en él, visto desde el globalismo del siglo XXI, podemos admirar ciertas cualidades, a saber: indiscutiblemente, el canciller perseguía el engrandecimiento de su pueblo). En una de estas guerras–y aunque la historiografía contemporánea se empeñe en atribuirlo todo a “causas económicas y sociales”, la cruda realidad obliga a reconocer que a veces una sola persona cambia las cosas muchísimo-, en la contienda por él arteramente provocada de Prusia contra Austria, en su empeño de atraerse partidarios a un conflicto tan artificial e inventado, su cebo fue el ofrecer a los distintos estados alemanes recompensas territoriales, es decir, prometerles trozos de los futuros despojos de Austria a cambio de su apoyo.

Hasta ahí, poco de novedoso, aunque el cinismo del hecho, por lo reciente y bien documentado, resalte más que infinidad de otros semejantes en la Historia. Pero viene al caso por el comentario amargo de un diplomático austríaco que había intentado desesperadamente evitar la guerra, un hombre imbuido de altos ideales y de amor a su patria… Escribe este ministro (según el historiador Otto Pflanze): “Nosotros apelamos a los sentimientos nobles: patriotismo, honor, legalidad, energía, valentía, decisión, amor a la independencia…Y él [por Bismarck] en cambio, apela a las motivaciones más bajas de la naturaleza humana: avaricia, cobardía, indolencia, indecisión y estrechez de miras…”.

Difícil no emocionarse ante estas palabras. Y por desgracia, ganó el de “las motivaciones bajas”… 

¡Cuánto eco halla, en nuestros días, el lamento de aquel fiel súbdito del Emperador Francisco José!

Una puede intentar evitar la podredumbre de las noticias, pero a veces algo se cuela; un zapeo casi involuntario nos presenta a Espadas, ex alcalde de Sevilla, en plena alocución…

¡Sevilla siempre le ha dado mucha rabia a la derecha! ¡Pues vamos a seguir dándoles rabia!

Se tarda unos instantes en captar el mensaje. ¿Pero qué dice este hombre? Es difícil creer que estas grotescas palabras quieran decir “¡Votad Psoe!” ¿Y de esa manera anima? ¿No dice: “Viviréis mejor, será mejor para todos… llegado el caso, seré el presidente de todos y no sólo de los que me han votado”? ¿Ya no se dice ni siquiera eso, aunque sea para engañar, pero al menos apela a algo medianamente noble…? ¿Directamente se apela a las ganas de fastidiar?

Y aparte, la frase en sí, en una época que tanto parece castigar “los delitos de odio”, y aunque no estuviéramos en ella, ¿cómo se permite? “Sevilla” le da mucha rabia (o no sé si empleó el castizo “mucho coraje”) a “la derecha”. ¿Son pues dos entidades distintas? ¿Las personas que votan a partidos de la derecha no son pues parte de Sevilla? 

“Motivaciones bajas”. Pues, ¡a lo que hemos llegado! Ofrecer ventajas territoriales se consideraba en el siglo XIX un cebo ruin. Pero ahora el ofrecer ventajas similares (mejor calidad de vida de un modo u otro; bajando impuestos, o la cantinela de mejorar la salud y la educación, discutibilísima a su vez –echarle más dinero a las cosas no siempre las mejora- pero en fin, al menos suena bien), esas ventajas materiales son ahora motivación noble, comparada con la que ofrece Espadas: votadme para dadle rabia al enemigo, esa es la razón que doy. Azuzar la división interna… Y el adversario además no forma parte de Sevilla, porque él lo dice.

Quien no tenga especial deseo de darle rabia a nadie… a ese no le interpelan. Por lo visto un ciudadano sin “odio” no le merece ni atención.

En la Divina Comedia de Dante, si bien el último y peor grado del Infierno se le adjudicaba a Judas (no podía ser de otro modo), pues el penúltimo era para los que provocaron guerras, y sobre todo guerras civiles.

Gobernantes criminales los ha habido siempre. Pero acaso se frenaban algo cuando creían en la condenación eterna…




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