En el pasado Concierto de Año Nuevo retransmitido desde Viena había flores y flores por toda la sala, en número, dicen, de treinta mil. Sonará exaltado el confesar que a algunos nos dio un “subidón” tan sólo por verlas, fugazmente y de paso, desde una pantalla.


No corren tiempos de amor a las flores- a ese derroche de belleza de la Creación, el mayor lujo y a la vez sumamente asequible. Curiosamente, el hecho de regalar flores, o de que se adorne con ellas un salón público, despierta en muchos una extraña hostilidad.

Alguna vez me he preguntado retóricamente por qué creó Dios a las ratas. Pero nunca se me ha ocurrido lamentarme de que creara las flores. Y aunque parezca increíble, lo que parece despertar mayor indignación es lo segundo.


Un regalo o un adorno puede no gustar; pero raramente despierta una especie de recriminación moral. En el caso de las flores esos sucede mucho. Hay quien ideológicamente las rechaza. ¿Por qué? ¿Por “inútiles”? Pero vivimos rodeados de tantísimas cosas inútiles (aparte de que habría que examinar qué es eso de la “utilidad”)… Y precisamente un regalo es algo que por su esencia no debe ser excesivamente utilitario. Menos aún cuando no es tanto regalo sino un modo de expresar algo inefable.

El nacimiento y la muerte han sido tradicionalmente grandes ocasiones en las que aparecen flores. Hoy ese uso ha disminuido notablemente, y parece que no tanto por decadencia natural (de los muertos nos ocupamos menos, pero de los recién nacidos muchísimo, hasta la obsesión. Lo que haya caído en desuso para festejarlos, por falta de interés no es) sino por una especie de objeción ideológica. La belleza misteriosa y efímera de las fugaces flores ha pasado a considerarse emblema de despilfarro. Entonces, se evitan, aunque se despilfarre en todo lo demás. Es curioso: no se objeta al derroche de dinero, sino al de hermosura.

En la magnífica sala vienesa no han querido alardear de “austeridad” (esa palabra con la que reyes y príncipes “modernos” le niegan al pueblo el esplendor visual, mientras multiplican sus vacaciones y lujos privados). Treinta mil flores para disfrute, dicen, de cincuenta millones de personas pues tocan a una flor para cada 1.800 espectadores. No es tanto. (Este es un cálculo absurdo, claro, pero puestos a hacer cuentas y a hablar de “utilidad”…).

Aunque la comparación resulte osada, podemos evocar el teatro de la Maestranza de Sevilla donde con toda pompa tiene lugar anualmente el Pregón de Semana Santa. Evento preparado, anticipadísimo, concurrido, costeado; comentado, voceado. Criticado también, cómo no, por muchos, que consideran que estos actos están “sobredimensionados”. En cualquier caso, si hay un escenario que se prestaba a llenarlo de flores era precisamente ese y en ese día. Mas no las hay. Hace años se decidió en que había que dar imagen de austeridad y no de derroche. Quiere decir que en vez de exorno floral, colocan unos extraños helechos o palmeras tan tristes y oscuros como no los hay en ningún patio. Es en lo único en lo que se ha ahorrado.

Hace años, un hermoso Niño Jesús procesionaba el domingo del Corpus Christi en Sevilla sobre un pasito adornado con rosas. Al año siguiente salió con claveles. Desde hace años, sale con margaritas, cada vez más ralas. Pero el gasto en cubatas de la hermandad responsable de su exorno no ha disminuido. Los recortes siempre van para el Niño Jesús o para los que nos deleitamos con el placer inocente de mirar, sin ni tocarlas, unas rosas.