Mi niña, mi Navidad particular

“Porque quiero que esté alegre 

Porque quiero que sus ojos rían

Porque mi felicidad es verla a ella sonreír

Porque ella es mi luz

Porque ella es mi guía

Y solo quiero que sea feliz”

Estamos a dos pasos de la Navidad, tiempos de compras sin freno, consumismo exacerbado y punto álgido en las ventas anuales de los grandes almacenes… ¿y dónde está el verdadero espíritu navideño?

¿Dónde el recuerdo a ese Niño que vino al mundo hace siglos en Belén para traer la salvación a los hombres?

¿Dónde, prescindiendo de juguetes y videojuegos, la remembranza a esos Reyes del Oriente que se despojaron de ricas vestiduras y oropeles y se rindieron, postrados de hinojos, ante la Grandeza sobrenatural de ese recién nacido? 

Tengo cuatro hijos, miles de problemas (como casi todo el mundo) y el dinero no sobra. Pero lo que me quita el sueño son mis dos hijos con parálisis cerebral.

¿Qué será de ellos en el futuro, si un día les faltamos sus padres? ¿Sé ayudarles todo lo que puedo? ¿Tienen una infancia feliz? ¿Conseguimos su madre y yo que la infancia de los cuatro sea parecida a la de los niños de otras familias que no están en esas circunstancias? 

Mi carácter no es fácil, nunca he aceptado con facilidad las frustraciones, grandes o pequeñas, que nos depara continuamente la vida. Tampoco la de que, inopinadamente, el destino nos reservara a mi esposa y a mí, no la familia numerosa ideal de niños preciosos, rubitos y superinteligentes que deseábamos, sino la familia que ahora intentamos sacar adelante.

A veces el cansancio es tan grande y los problemas tantos, tan abrumadora la sensación de que nadie entiende nada, de que nadie se pone en tu lugar, que piensas que sería mejor que acabara todo, que ya nunca tendrás vida propia ni podrás tener esos breves instantes de felicidad que creemos tener a veces…

Mi hija pequeña tiene diez años y está en tercero de primaria. Sus dos hermanos de la misma edad están, uno en cuarto de primaria, el que tuvo más suerte de los tres, y el otro, el peor parado del nacimiento, en un colegio de educación especial.

Mi hija de diez años es una luchadora como no he conocido en toda mi ya larga vida, es una superviviente que nos da ejemplo todos los días de voluntad, superación y fuerza para seguir adelante.

No mentiré y les diré que es mi razón para seguir viviendo.

A veces la frustración en ella es tan grande por ver que no es igual que esos otros niños y niñas de la clase que juegan en el recreo de su cole y que ella, apartada, mira desde una esquina, que no pude evitar ponerse furiosa y lo canaliza mal, con agresividad y furia. Ella que es la cosita más dulce que conozco. Solo basta mirarla para saberlo.

Y, una vez más, te tropiezas con la incomprensión y la insensibilidad de la gente, y te vienen como un vómito que se agolpa en la boca, unos deseos irrefrenables de, como aquel personaje de Michael Douglas en la película “Un día de Furia”, echarte a la calle con un arma y llevarte por delante a gran parte de esta sociedad deshumanizada en la que hemos de vivir y que no comprende ni sabe tratar la diferencia.  

Pero, a pesar de todo, ella me hace tener fuerzas para vivir, para obviar vez tras vez todos esos desprecios, esas actitudes despreciables, las miradas infames, los gestos repulsivos y apretar los dientes para seguir. 

Con esto quiero decir que la sonrisa de mi niña me hace recobrar la fe un día tras otro, y cuando la vuelvo a perder me mira y la retomo, y cuando de nuevo la pierdo la veo reírse y me levanto… y así es, día a día.

Por eso es ella mi Navidad. 

Sé que estas palabras no servirán de mucho a mucha gente.

Sólo espero que al menos a una persona le sirva.

Y que esa persona sea mi hija cuando lo pueda leer y yo, por fin, no le haga falta.


 

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