Mi bandera

Que este país tiene un problema de identidad cada día se me hace más patente. No se trata ya de su multiculturalidad autonómica —que ni es patrimonio ni exclusividad de aquí, todo país tiene sus diversidades—, sino de su cacao mental.

Ha sido una iniciativa de VOX —otra vez esos levantaampollas— la que ha vuelto a destapar la olla de los grillos. De los Pepito Grillo.

No voy a defender a los verderones, pero han dado con el dedo en una llaga que ha supurado de manera inesperada y en esta época de cojepapelismodefumar es tiempo de mojarse con la realidad.

Desde su llegada han ido enarbolando sin rubor —que en un país normal no se entendería por qué— una bandera que ha permanecido esquinada en algún armario y que solo se sacaba cuando jugaba la Selección. La han incorporado a sus colores partidistas —¡anatema!— y que sean colgadas de ventanas, balcones e izadas en improvisadas astas de antenas sin uso o a la americana: con pica ad hoc en las fachadas de los domicilios. Han logrado que Casado y hasta Sánchez se arropen mediáticamente en ella. Le han devuelto, con ese uso medido como guion bien meditado, el lustre perdido por los suenamocos de turno. Hablo, como supondrán, de nuestra bandera.

La ignorancia o, mejor, el lavado de cerebro al que se ha estado de manera continua vapuleando a las distintas generaciones comparando colores con dictaduras o democracias han logrado, en parte, su objetivo: crear ignorantes históricos que han basado todo su conocimiento al respecto en una historia recortada a la medida conveniente. ¡Ojo! Siendo la realidad la que ha sido. Pero eso es harina de otro costal, aunque sirva de prólogo.

A todo aquel que ha llevado —voy a usar el pasado— la rojigualda en tirantes, pulseras, llaveros, en las correas del reloj, en alguna prenda de vestir, en la carcasa del móvil, se le ha tachado de esa palabra tan de moda hoy, más que en el 36, que empieza por fa y termina por cha, de ultraderechistas; cuando no se le ha agredido o asesinado. Muchos la consideraban herencia directa del franquismo. Y es que en esta bendita tierra no salimos de ahí.

Sin embargo, la bandera española, que en realidad siempre pensé que nunca fue la de todos, tras las manifestaciones del pasado día 23, resulta que sí lo era. Voces indignadas surgieron por doquier, y hasta en sorpresivas líneas de prensa, lamentándose que aquella había sido puesta al relato de una posición y que ya no podía considerarse la de la unidad. Ante ello me surge una duda. ¿El desencanto era real o el desaire solo era una oportuna coartada para seguir insultándola? De forma personal, con sinceridad, considero más realista la segunda opción.

En cualquier país los protestantes salen a las calles llevando en alzas sus colores patrios, da igual su pensamiento. La llevan en señal legítima de su potestad sobre ella. El pueblo, a diestra y siniestra, la eleva reclamando en nombre propio. Insisto: a diestra y a siniestra. Se reclama por su dignidad y por aquello que representa: el país. En España no.

Hablar de banderas, cuando las banderas no convienen, se torna —lo tornan— en una cuestión baladí. Irrelevante. Burlesca. Salen las frases con el diminutivo (banderita) a modo de desprecio y se resucita el hablar de las verdaderas necesidades. Y tienen razón. Hablar de banderas cuando hay verdaderas tragedias es una estupidez. Pero mire usted, depende de quien se manifieste las banderas tienen o no valor. La arcoíris, la estrellada, la ikurriña, la tricolor, la de la hoz y el martillo…, y que identifican a un colectivo y son normalmente eximentes, por ciertas características de pensamiento, entre los sujetos.

Saquen las banderas que quieran, porque todos defendemos fórmulas. A mí, los rodeadores del Congreso cuando gobiernan otros que no son los de ahora, me van a decir cuándo sacar mi bandera. Me van a venir con lágrimas de cocodrilo. Me van a insultar por llevarla. Me van a reprochar que me sienta orgulloso de ella, de lo que representa: la igualdad real, sin discriminación alguna, de todos ante la ley. ¿Qué otra bandera me asegura eso? La de ningún lobby ideológico, la de ningún partido político, la de ningún fracaso populista pasado, la de ninguna dictadura encubierta actual, todas debidas al sesgo. Todas debidas, reincido, a las ideas. Todas diferenciadoras. Todas enfrentadas. ¡Todas!

En España, hoy sobre todo, campea el apesebramiento y se fagocita el odio hacia lo propio. Se promueve una guerra civil latente necesaria para mantener los chiringuitos, las posiciones almidonadas y con olor a naftalina, las viejas y rancias consignas que nunca trajeron nada bueno. Mi bandera representa lo contrario. Cuando quienes deben defenderla, primero aprendan y después enseñen el peso específico de lo que en realidad representa, a diestra y a siniestra nadie podrá, por su valor, abjurar de ella.

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