Mi amigo Antonio

Antonio es un empresario muy trabajador del sector de la restauración en Sevilla, pero ante todo es una gran persona y por eso goza de muchas amistades reales. A mediados de marzo comenzó a sentirse mal: el maldito virus chino le había empitonado de lleno, y a los pocos días sin apenas darse cuenta estaba sedado en una UCI y con la mente perdida entre sueños asfixiantes.

Y así permaneció durante tres meses atendido por médicos y demás profesionales sanitarios que lucharon por su vida superando gravísimas complicaciones, porque la muerte llegó a acariciarle en alguna ocasión. Fue un tiempo agobiante de preocupación, oraciones y lágrimas… Hasta que finalmente quiso Dios que le salvaran y hace unos días le enviaron a su casa al cuidado de su esposa Eva, que siempre estuvo con él padeciendo el calvario que sólo conocen quienes han pasado por ese trance. Tras tanto tiempo en la UCI, a Antonio le quedan muchas horas de rehabilitación, pero quienes le conocemos confiamos en que conseguirá recuperarse.

Sirvan estas palabras para agradecer a todos los profesionales de la sanidad, incluyendo la del alma, que con su impagable dedicación ayudan a vencer esta terrible enfermedad: ¡benditos sean! Pero también para recordar a quienes, pese a recibir similares esfuerzos que Antonio, se nos fueron quedando por el camino.

Como Javier.




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