Mi amiga Wang, la lamebotas

Un Consejo de Ministros que se pretenda igualitario debería haber ordenado ya minimizar los elogios interesados que lo defienden en esa caótica gestión de netos indicios penales.

La mentira mata, pero también mata la equidistancia entre la verdad y la mentira, pues la media verdad es una mentira completa que luce perfiles de verosímil. Y en eso se ha especializado esta tropa.

A los tuertos, los sectarios, los hemipléjicos, los fanáticos, los lamebotas, los tramposos, los descerebrados, los impostores, los preadolescentes, los analfabetos, los acomplejados, los ególatras, los propagandistas, los miserables, los rencorosos sociales, los soberbios, los envidiosos… y a la casi totalidad de este gobierno de villanos y secuaces, incapaz de declarar un luto con 22.000 muertos oficiales causados por su inepcia, su negligencia y su inoperancia, les vale todo lo que revierta en beneficio suyo.

Si Marlaska, digo, hubiese ordenado minimizar los elogios al disparatado gobierno del que forma parte, enseguida habría descubierto que del millón y medio de seguidores en Twitter que tiene la pregonera Ana Pastor, aparatchik de la ruidosa maquinaria gubernamental y titular de la soviética herramienta censora de Newtral, 462.000 son como dementores de Harry Potter o como Stormtroopers de Starwars; o sea, bots lamiéndole las suelas a 30 euros cada 3.000 lengüetazos. Y es que el socialismo en Europa es siempre una oportunidad para hacer caja: Grecia, Italia y Francia avalan el aserto con firmeza y con holgura.

El otro día me hice amigo de una chica de aspecto neumático en las redes sociales; en concreto, en la página del Ministerio de Sanidad. Se llamaba Deborah Wang, no tiene ni pajolera idea de nuestro idioma, pero escribe en ruso y en inglés, tiene los ojos achinados que casi no se le ven, como dos puñaladas en un melón, y dos melones redondos y abultados con una raja en medio que casi le chocan en la mandíbula.

Por su parte, en la cuenta del príncipe del narcisismo llamado Sánchez, hay un 43% de robots pagados a tocateja por encargo de su Iván el Terrible para que griten a destajo lo bonita que es la corbata roja que el sepulturero luce en el entierro.

Francamente, lo que me preocupa en este caso no es ese 43% de bots de Sánchez, sino que el otro 57% de los que le siguen pudieran ser de verdad aduladores de su nefasta y caótica actividad diaria. Me tranquiliza saber que muchos de ellos, los reales, sólo lo siguen para arrearle un sopapo (los llaman “zasca”, pero hacen ruido de sopapo y de colleja) cada vez que excreta una de sus innumerables mentiras.

Hace falta tener la cara de madera y el ridículo cinismo de lucir una chaqueta de Amancio Ortega en el Congreso, para emplearse en hacer discursitos retrecheros sobre los niños y la niñas o sobre el queroseno en mitad de una pandemia.

Y ni les cuento la impostura de los Strelnikovs que pueblan las redacciones de la Unión de Televisiones Socialistas Soviéticas (UTSS) de la República Popular Socialista y de Podemos.

Ya sabemos que figurar en todos los informes del mundo como el Gobierno que peor está gestionando la pandemia no les hace dimitir. También sabemos que situarnos como el país que sufrirá una catástrofe económica más abultada que la Gran Depresión que siguió al crack del 29, tampoco lo consigue.

Nos falta averiguar a partir de qué cifra de muertos le temblarán las piernas a esos dos pícaros de baratillo y a cuántos hay que llegar para que desaparezca esa masa de sectarios que blanquean las sepulturas y mantienen la equidistancia.

Le leí a alguien en un muro: “Yo no puedo pronunciarme en contra de la gestión del gobierno porque no sé cómo lo habrían hecho otros”.

Y le respondí lo siguiente: “Creo que es lo más sectario que he leído nunca. Es como si le partieran las piernas a su madre o le robaran en su casa y usted dijera que no puede estar en contra de los culpables porque quizá otros delincuentes le hubieran partido además los brazos y quizás habrían violado a su hermana”…

Un rato después borró el mensaje, sin duda queriendo ocultar su profunda idiotez y su impostura. Y el caso es que esa clase de gente también vota.

Y es que ya lo advirtió Camilo José Cela (o uno de sus personajes, porque a menudo escribía de ese modo en que se funden la voz del narrador y la del personaje de la ficción) con su ironía de calzón quitado: “Cada hombre un voto, cada mujer un coño. Si esto no es democracia, que baje Dios y lo vea…”

He dicho.




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