Mi abuelo, el maestro de Huitar

 

Hace exactamente 75 años, el 14 de septiembre de 1941 mi abuelo, Don Francisco García Sánchez, reanudó sus clases en su nueva escuela mixta, en Huitar (Almería). Había terminado la guerra en el bando perdedor, había pasado por la prisión y finalmente fue considerado un maestro ‘depurado’. Eran otros tiempos aquellos.

Poco antes de morir le fue concedida la Cruz de Alfonso X el Sabio y en Olula del Río se aprobó darle su nombre a una de sus avenidas, justamente la que él recorrió tantas veces muchas décadas atrás. La propuesta de dar su nombre a una avenida nació de un ayuntamiento derechas, a pesar de ser bien sabido que mi abuelo fue siempre un republicano de izquierdas pero, sobre todo, era un gran hombre. Eran tiempos en los que la mayoría de españoles – mi abuelo entre ellos- solo anhelaban la reconciliación y el pasado quedaba para ser estudiado en los libros de historia, no para usarse como granada de mano.

Tras ser represaliado en 1939, el Maestro de Huitar tardó años en volver a la enseñanza (adjunto el BOA de 26 de junio de 1941 con la aprobación de su “depuración”), y cuando pocos meses después reanudó sus clases lo hizo desde cero, en un establo semiderruido que hizo las veces de escuela y que mi abuelo fue poco a poco habilitando para sus niños de Huitar, una pedanía en las afueras de Olula del Río (Almería), tierra de mármol, chumberas y ríos secos que a veces ahogan las riadas.

 

 

En otras ocasiones he contado como mi madre y mi abuelo recorrían ese camino en mula, en las gélidas madrugadas del invierno almeriense, solamente para visitar a algún alumno enfermo y recuperar así unas horas de clase. Eso es vocación y sacrificio y lo demás tontería.

El ‘maestro de Huitar’ rehabilitó con sus manos su escuela y educó a varias generaciones de niños que luego salieron de Huitar y forjaron sus vidas lejos de la miseria que no habían tenido más remedio que mamar. Nunca pegó a sus alumnos: su sola voz de barítono, su presencia ciclópea y, sobre todo, su abnegación bastaba para respetarle. Perdió la vista con casi sesenta años, pues preparar las clases a la luz de un carburo acaba con la mejor retina. Por ello, por toda una vida de amor a sus niños y respeto a su profesión recibió la Gran Cruz. Y vivió para saberse reconocido y llorar con sus ojos azules y ciegos al recibir tan alta dignidad.

Y escribo todo esto porque era mi abuelo y le quería (todos sus nietos le amábamos y aún lo hacemos) y porque añoro sus historias, y también porque murió sin resentimiento y porque hoy hace 75 años del comienzo de su primera clase.

Mi madre, que durante muchos años se dedicó también a la enseñanza, siempre tuvo al maestro como referente en su vida y quisiera creer que nosotros, los que aún perduramos, hemos heredado algo de ellos, aunque solo sea el legítimo orgullo de haberlos disfrutado tanto.

Escribí mi Diccionario Biográfico de Nazismo y III Reich pensando en mi abuelo y con la imagen imborrable de una madre y su hija víctimas de la Shoá. Por ellos lo escribí y a ellos de algún modo fue dedicado, cuando ya solo existían en mi corazón. Sé muy bien que no es lo mismo escribir que educar a varias generaciones de aquellos niños de la posguerra, tan faltos de todo. Actuar es siempre más difícil. No es comparable, pero al menos que sirvan las palabras para recordar los hechos de quienes realmente reconstruyeron España sin odio y con toda su incombustible energía. No solo fue el Maestro de Huitar o Luchita, mi madre. Los hubo a miles, la mayoría de ellos gente anónima que ya murió y que antes de hacerlo fue quizás consciente de dejarnos a los niños de entonces un mundo mejor que el recibido.

 

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