Memoria y justicia

Hace tan sólo dos semanas, tenía lugar en Bilbao una manifestación ya tradicional que se organiza para pedir el acercamiento de los presos etarras al País Vasco. Pese a tantos asesinados y familias destrozadas, pese a tantos crímenes y masacres perpetrados, pese a tanto dolor… la manifestación contó con decenas de miles de asistentes exigiendo lo de siempre: el respeto de los derechos humanos de los presos, la resolución del «conflicto»  para lograr una paz justa y duradera, una paz sin vencedores ni vencidos, etcétera.

Pretenden convencernos de una mentira tan grosera, como que los autores de aquellos cobardes crímenes y de tanta sangre vertida, fueron de algún modo también víctimas por encontrarse en medio de un «conflicto» con el Estado. Convencernos de cualquier cosa, de cualquier disparatado relato, antes que admitir la grave responsabilidad de sus familiares, amigos y colegas en prisión; así como la pesada culpa moral y vileza que a ellos mismos, manifestantes, también les infecta por disculpar sus conductas y acciones, sin animarles al arrepentimiento.

Pero la justicia que reclama la inocente sangre vertida, hace innegociable cualquier circunstancia que minimice la condena y afecte a la memoria y dignidad de las víctimas, vivas o muertas. Y menos aún, si se hiciera como pago o cesión ante intereses o presiones políticas, por muy multitudinarias que fuesen las manifestaciones de quienes reivindican medidas de gracia para los criminales terroristas.

En Sevilla, una madrugada de hace ahora veinte años, unos asesinos mataron cobardemente a Ascen y Alberto. Y Ascen y Alberto no formaban parte de ningún conflicto ni enfrentamiento. Ella sólo era una madre, loca de amor por sus tres hijos, que tras cenar con unos amigos regresaba con su marido a casa. Esta es la verdad, y lo demás, mentiras; por mucho que se manifiesten.




 

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