Medio millón de flores

Medio millón de flores, según la prensa, adornaron el otro día la Plaza de España para el desfile de modas que allí se celebró.

Ese día era el del Corpus Christi en Sevilla.

Muchos observamos con tristeza la menguante presencia de flores donde antes se daban por descontado. Cada vez se estilan menos tanto para felicitar de un nacimiento como para consolar de una muerte. Con la mezquindad propia de esta era de recelo hacia la belleza, pues, por el hecho mismo de ser bellas e “inútiles”, su uso es considerado por muchos algo así como inmoral. En el ámbito de las iglesias, altares, pasos (¡y eso que hablamos de Sevilla!) las flores cada vez son más menguadas. Incluso en los pasos de semana Santa va desapareciendo el característico macizo de flores apelotonadas, y en su lugar las vemos muy salteadas, predominando el verde. Se advierte una especie de complejo. 

Se regatean flores para los pasos de un Niño Jesús o de la misma Custodia en una procesión (planeando siempre de fondo el eco de aquella cantinela tan mal entendida de “Con el hambre que hay en el mundo, es inmoral gastar mucho en flores”. Como si no hubiera hambre también de belleza y de alegría). Pasamos de las rosas a los claveles y de ahí a las margaritas, y de ahí a la hierba, como la que adorna el Pregón de Semana Santa.

Pero simultáneamente, con la estética cada vez más imitadora de películas americanas, pues para bodas, ceremonias de graduación, grandes cenas de sociedad y otros eventos particulares sí vuelven, en cantidades enormes, las otrora denostadas flores. 

Y ahora para el desfile de Christian Dior en la Plaza de España, pues nada menos que… medio millón de flores.

No lo lamento. No veo nada criticable. Fomentamos mucho ciertos instintos humanos, pero no analizamos otros igualmente importantes. Desde la Antigüedad, desde Asiria, Babilonia, la torre de Babel, las Pirámides… el ser humano tiende a hacer construcciones grandiosas, espectaculares, gigantescas, con un derroche de medios, de adornos, de luces. La arquitectura gigante, tanto la permanente como la efímera, podemos clasificarla de bárbara y primitiva (esos faraones moviendo tales toneladas de piedras…), pero es un instinto que seguimos teniendo. Sí, ya no construimos catedrales (o si se hacen, es con fuertes críticas y polémicas) ni palacios reales, pero, ¿qué me dicen de los grandes estadios olímpicos, o de fútbol, de construcciones para eventos deportivos o musicales? El ser humano necesita espacios monumentales donde sucedan cosas que considera grandes. Y además… necesita flores.

De la arquitectura efímera del pasado obviamente no quedan restos, sólo testimonios en pinturas, dibujos, relatos (el famoso soneto de Cervantes, “Voto a Dios que me espanta esta grandeza…”). Pero fue descomunal, y desde la antigüedad más remota. En luminarias, en efectos… con sus medios, que podemos considerar primitivos – sin motores, sin electricidad- la arquitectura efímera tenía un esplendor, una espectacularidad de la que hoy apenas podemos hacernos idea.

En la Europa medieval, en la barroca, esa grandiosidad se estilaba para las fiestas cristianas (así como en la Antigüedad para las paganas… Es un instinto, que no tiene nada de malo, a menos que consideremos que todo lo humano es malo de por sí). A un sevillano del siglo XVII le hubiera parecido ridícula, por pequeña, la “portada del Corpus” de la plaza de San Francisco de este año, y las flores del bancario edificio de enfrente, casi insultantes, de puro míseras.

En ese siglo había un fuerte sentido de lo comunitario, el pueblo entero era parte de la procesión del Corpus, las flores y los adornos eran para todos, lo disfrutaban todos. No hubieran entendido el pacato argumento que dan hoy, desde ámbitos eclesiales, de que hay que aligerar cada vez más los adornos y flores porque “hay hambre en el mundo”.

¿Hambre? ¿Y el hambre de belleza y esplendor no cuenta? Las palabras “No sólo de pan vive el hombre” no eran tanto indicación de un ideal como una pura descripción de la condición humana. Es como decir: El cuerpo humano tiene dos pulmones. 

El hambre de algo esplendoroso, grandioso, derrochador… está ahí. Pero, pasada ya la era de las catedrales y de las procesiones esplendorosas, se va satisfaciendo en otros ámbitos. Recordemos por ejemplo las inauguraciones de los Juegos Olímpicos o las de los Mundiales de fútbol.

Desfile de Dior en la Plaza de España. Medio millón de flores. 

Nada que objetar. Hermoso, esplendoroso, gigantesco, espectacular, para embriagar los sentidos… La Creación y la arquitectura, al servicio del éxtasis de un instante (“Tomad la Tierra y dominadla”) Es hermoso, es condición humana pura y dura, es civilización…

Sólo que algunos añoramos cuando ese ímpetu y ese brío y esa alegría falta de complejos (¿hacemos acaso algo malo en deleitar la vista?), ese esplendoroso derroche y ese medio millón de flores… se empleaba en cosas como la procesión del Corpus Christi.




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