“Me voy, me voy, me voy, pero me quedo” (Miguel Hernández)

Opinar sobre cualquier asunto de política exterior tiene un algo de más tentador que el hacerlo sobre lo que nos concierne directamente a nosotros. No nos afecta mucho, no llega a ser tan hiriente ni polémico. Parece que lo vemos como más claro todo. Y, al alejarse de lo que realmente padecemos aquí y ahora, pues resulta incluso refrescante.

La otra cara de la moneda la experimentamos cuando, estando por ejemplo de viaje, un alemán o un sueco se ponen a “explicarnos” la situación de España, y quién es el bueno o el malo en nuestro país, y quién tiene la culpa del terrorismo… y resulta que esto generalmente nos molesta más que el mayor de los disparates dicho por un compatriota nuestro. (“¿Quién eres tú para querer saber tanto?”).

Pero hagamos algo refrescante: pensemos en el Brexit – aunque tengamos preocupaciones inmediatas y cercanas y que dependen más de nosotros. No que el Brexit sea algo ajeno, eso nos afectará; pero al menos no hemos tenido nada que ver en ello; no son nuestros políticos.

Es verdad que en despilfarro y hasta malversación, en alegre derroche, de fondos de la Unión Europea y de nuestros propios, parece que nadie nos gana en Andalucía. Pero otros tampoco se quedan chicos. Hace tres años, un país miembro dice alegremente que se va, que se sale de la UE (como si eso fuera factible; como si una pertenencia tan enraizada en las leyes, en la vida en todos los ámbitos, pudiera ahora deshacerse, y por un votito, porque “lo hemos votado y ha salido que sí”). Caos total, asombro, negociaciones que duran tres años, condiciones, más negociaciones, fechas límites que se atrasan una y otra vez.

La pregunta que siempre se hace, pero en este caso parece que no se ha oído: ¿Cuánto dinero cuesta eso? No me refiero al Brexit en sí, sino a los líderes políticos europeos enzarzados en esas negociaciones. Funcionarios de la UE, pagados por todos, negociando y negociando para ver cómo se arregla el que uno “quiera salirse”.

Y ahora se vislumbra como posibilidad “que a lo mejor se quedan”. Que igual dan marcha atrás.

Pero si se quedan, ¿compensarán a la UE por el gigantesco gasto y energía de tres años negociando para nada? Pregunta mezquina, y seguramente mucho menos importante que otras mil cosas y mil derroches que se dan en Europa y no digamos, ahora con nuestros “viernes sociales” y demás, aquí en España. Pero bueno, como digo visto desde lejos se aprecian a veces los derroches tal vez de manera más clara. Y los absurdos de lo que llamamos “democracia”, como si los votos lo justificaran todo, lo  injusto, lo disparatado y hasta lo imposible.

Trivializando un poco el asunto, esto es como cuando vemos un letrero de “Liquidación por cierre” en una tienda y lleva así años. Dan ganas de decir: Pues cierra ya. O el que se pasa una hora en una sobremesa diciendo: “Yo ya me voy, ya me voy, me tengo que ir ya, me voy” y no se mueve de ahí. Pues no quería que te fueras, pero de tanto decirlo ya lo estoy deseando.

¡Qué bien condensaban todo en un endecasílabo los grandes poetas españoles! Un solo verso de un soneto de Miguel Hernández: “Me voy, me voy, me voy, pero me quedo”.




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