El por todos considerado introductor de esa disciplina, tan inútil a mi entender, llamada psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud, acuñó el término metafórico “matar al padre”, para referirse a ese momento en que maduramos y dejamos de un lado la opinión y consejo de los padres. Se refería personas, a individuos, claro. Pero opino que hay etapas trascendentales en la historia de las sociedades, en que estas también deben plantearse matar al padre.


Es el caso de la España actual. ¿Qué o quiénes nos ha traído a la terrible situación actual en que nos encontramos en un golpe de estado permanente por parte de una región española con respecto al Estado? ¿A esta sangría económica que provocan a las arcas del Estado y, por tanto, al bolsillo de todos nosotros, las administraciones periféricas con su duplicidad y solapamiento de funciones y clientelismo asociados? ¿A la usurpación por parte de las lenguas regionales del lugar que el español nunca debiera haber perdido? ¿A la desvirtuación y falseamiento de nuestra historia común y la creación de historias paralelas y falsas, inventadas ad hoc para conceder personalidad histórica a regiones que nunca la tuvieron?

A los llamados “padres de la Constitución” y a aquellos partidos que apoyaron la redacción dada a ese ambiguo y peligrosísimo artículo 2, donde se acuña el término “nacionalidades”, que dio pie a que, ya Peces-Barba, Miguel Roca y Solé Tura, tres de esos progenitores, hablaran de España en términos tan equívocos como “nación de naciones”, debemos la deriva que, desde hace  cuarenta años, pero multiplicada por infinito en los últimos, vive nuestra patria común. A todos ellos debemos también el infame Título VIII y esa trampa saducea que es la Disposición Transitoria cuarta (“En el caso de Navarra, y a efectos de su incorporación al Consejo General Vasco o al régimen autonómico vasco que le sustituya, en lugar de lo que establece el Art. 143 de la Constitución, la iniciativa corresponde al Órgano Foral competente, el cual adoptará su decisión por mayoría de los miembros que lo componen. Para la validez de dicha iniciativa será preciso, además, que la decisión del Órgano Foral competente sea ratificada por referéndum expresamente convocado al efecto, y aprobado por mayoría de los votos válidos emitidos”), un arma cargada que, en la actual coyuntura política, con la izquierda abertzale ocupando la Presidencia de la Comunidad Foral Navarra, se transforma en un cheque en blanco para los que fantasean con la anexión de esa querida región española con la vasca.  


Pero, no nos equivoquemos, tanto los tres citados como Manuel Fraga, Pérez- Llorca, Gabriel Cisneros o Rodríguez de Miñón, la coherencia de alguno de los cuales es perfectamente descriptible, no obraron con independencia de sus partidos y los dirigentes de los mismos. Tanto UCD como AP, el PSOE, el PC, y la, en aquel momento, Minoría Catalana, fueron los autores de ese texto, lo que quiere decir que, tanto Adolfo Suárez como Felipe González, Santiago Carrillo o el mismo Fraga (de Roca no hay nada que decir, él sí consiguió lo que quería) fueron los culpables de tamaño desaguisado del que hoy sufrimos las terribles consecuencias, todo fuera por el malhadado y sobrevalorado “consenso”.

Ese fue el “huevo de la serpiente” o  la “semilla del diablo”, elijan ustedes el símil, de la situación que padecemos ahora y que, junto a la nefasta ley electoral, ha obligado a todos los Gobiernos de la democracia, de uno y otro signo, a conceder más y más prebendas a las fuerzas nacionalistas de las distintas regiones, y muy en particular vascos y catalanes, hasta llegar al actual vaciamiento del Estado en favor de esos devoradores poderes autonómicos y a la auténtica situación límite de nuestra soberanía nacional.

Es por ello que cuando ahora comparecen figuras emblemáticas de aquel PSOE, Alfonso Guerra, el mismo Felipe González, auténticos (aunque no únicos) responsables de lo que ahora tan duramente critican, en una escenificación que solo llevan a cabo los políticos cuando ya gozan de una dorada jubilación y no tienen nada que perder (y que no es patrimonio de la izquierda pues también Aznar es prisionero de su pasado), y reniegan del Estado autonómico que ellos dieron a luz y que llevaba en su ser el germen de la destrucción de España, se me asemejan a aquel maestro Ciruela del popular dicho, “que no sabía leer y puso escuela”….

Es el momento de matar al padre, el momento de admitir que en esa Transición “tan perfecta” y “modélica”, muchas cosas se hicieron mal y, por encima de todas, esa absurda creación llamada “Estado de las autonomías”.

Si no la matamos, ella matará a la Nación española.