¡Más madera!

Parece que en la pira funeraria de la Iglesia cada día aparecen nuevos surtidores de madera para avivar las llamas y que se queme cuanto antes. Quizá lo más penoso es que algunas de esas partidas de material inflamable vengan de dentro de la propia Iglesia. Pero esto no es nuevo, ha pasado casi siempre en estos 20 siglos de existencia de la institución prolongadora del mensaje de Jesucristo.

Llevamos ya tiempo, y ya cansa bastante, con el lamentable espectáculo de los sacerdotes y religiosos acusados de pederastia, tema en el que la famosa tolerancia cero se ha utilizado de manera muy desigual (en ocasiones injusta) y que, en el fondo, se ha quedado tantas veces en palabras altisonantes. Sin embargo, no debemos olvidar que este fenómeno, siendo penoso, no es algo exclusivo, ni mucho menos, de la Iglesia católica. Es producto de una cultura gestada en la postguerra mundial, si no antes, y que eclosiona con la revolución del 68: haz el amor y no la guerra, prohibido prohibir, vive sin tiempo y disfruta sin freno”, etc. De aquí viene la revolución sexual y la permisividad que invade la cultura del todo vale si es para mi placer. La Iglesia vive en el mundo y se infecta de las mismas gripes que el resto de la humanidad. Incluso menos, mucho menos, aunque la prensa lo airee mucho más. De cien casos de pederastia, 3 son del ámbito clerical, 15 del ámbito escolar (escuelas de danza, artes marciales, natación, etc.) y más de 80 del ámbito familiar. Siendo más “terrible” en los casos en que hay una confianza espiritual, conviene no olvidar esas cifras.

Ahora nos ha tocado la denuncia de un obispo (con otros cuantos detrás) sobre el ocultamiento de datos por parte del Papa y de algunos de sus colaboradores más inmediatos. Los trapos sucios no se han lavado en casa y esto es malo, muy malo. Inmediatamente han salido partidarios de uno y otro bando con acusaciones del tipo “y tú peor, y tú más”, para mi más lamentables todavía: o se responde a la acusación declarando que es falsa o se admite y se asume la responsabilidad, pero no dar este espectáculo que confunde todavía más a los de dentro y a los de fuera de la Iglesia.

Son horas tristes. Comparables ¿a qué? Diría sin exagerar que a la época arriana (s. IV) o a la albigense (s. XIII) o a la de la reforma protestante (s. XVI). Lo que es seguro es que de ésta se sale, y se sale con una Iglesia purificada. “La Iglesia siempre parece estar muriendo pero triunfa frente a todos los cálculos humanos (…) la suya es una historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas; en fin, la regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso” (Cardenal J. H. Newman).




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