Más allá del cambio de hora

El cambio horario del pasado último domingo de octubre -“a las 3 de la madrugada los relojes se atrasarán para marcar las 2”- es sin duda asunto menor para la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos, e imagino que aún más trivial para los españoles, en los presentes días.

Y no obstante, pues hasta un tema como ese resulta sintomático de hacia dónde va nuestra política. La ufana y magna Unión Europea (los británicos y su Brexit son difíciles de justificar… pero la UE se las trae) pone ahora en duda la utilidad de esa medida a la que estábamos tan acostumbrados y declara que las razones que llevaron a establecer un horario de verano y otro de invierno ya no son válidas. Hasta ahí, los ciudadanos humildes que confesamos nuestra ignorancia en materias energéticas y macroeconómicas, nada podemos objetar. 

Algunos le habíamos tomado hasta cariño a esa tradición de cada semestre, que antaño originaba, en los despistados, algunas anécdotas. Hoy día, con la automatización de los móviles, olvidos y despistes son casi imposibles, así que la medida del cambio de hora resulta aún más inocua. Un domingo de la primavera tenemos una hora menos, un domingo del otoño tenemos una hora más. Una tradición casi como tomarse las doce uvas, o el trocito de rosco de Reyes. Pero en fin, si ha de desaparecer, pues desaparece y ya está. Nadie va a lamentarlo tampoco.

Repitiendo: le tenemos hasta afecto a ese detalle semestral, pero si ahora resulta que origina trastornos o pérdidas en altas esferas, pues nada podemos objetar a su eliminación. Se acepta, como en su momento se aceptó su puesta en marcha. No tiene importancia alguna.

Pero ahora llega lo fantástico: la UE no decide la supresión de esa práctica, ni tampoco el mantenerla después de todo. No; tras haber puesto en duda su conveniencia, pues dice que eso… que eso lo decidan los ciudadanos. Que cada país haga lo que le parezca, consultando a sus habitantes si hace falta.

Dirá alguien, ¿tan fantástico es esto? Bueno… De manera que vivimos bajo un control gubernamental de nuestras vidas tan detallado y exhaustivo como nunca se ha visto. El Estado controla, no ya cada céntimo nuestro, sino hasta el empleo de cada minuto. Se mete en nuestras vidas privadas decidiendo cómo hemos de tratar a nuestros hijos (“Yo quiero un ley que me obligue a cambiar los pañales de mis hijos”, textual de Pablo Iglesias. ¡Y lo consiguió!); infinidad de normas regulan lo más privado de nuestros quehaceres, espiando no sea que caigamos, aun a puerta cerrada, en el menor acto de racismo, clasismo, homofobia o antiecologismo. El lenguaje, las relaciones personales, lo más íntimo de lo íntimo, todo viene regulado y codificado hasta el extremo. Hasta dejar al perro un rato solo en casa (¡al perro!), esto se castiga ya en algunas regiones. El Estado (quien dice el Estado dice las autonomías, los ayuntamientos, la legislación europea, en fin, todas las Administraciones) se mete absolutamente en todo.

Y ahora resulta que una norma puramente externa y organizativa, algo tan necesariamente perteneciente a una Administración central como es el decidir qué hora han de marcar los relojes para que toda la maquinaria funcione, pues resulta que justamente eso (lo más externo y pragmático, lo que más obviamente es del ámbito público y ha de ser uniforme para todos), pues eso… huy, eso que lo decida cada uno. Cada país que haga lo que le parezca. Amamos mucho la libertad en la Unión Europea, mucho. No queremos imponer nada. Que elija cada Estado miembro lo que más le guste.

Creo que esta paradoja es mucho más que una anécdota. Indica la molicie, la vacuidad profunda de unas instituciones que, pródigas en regular mezquina y prolijamente cada estupidez, pretendiendo continuamente hacer ingeniería social al son de cada nueva moda, luego son absolutamente incapaces de tomar decisión concreta alguna.

¿Por qué no se ocupan los gobernantes de LO PÚBLICO, y nos dejan decidir a nosotros en LO PRIVADO?




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