Vivimos en la anticipación, en el mañana. Apenas acabamos de estrenar una semana, y ya estamos suspirando por el viernes que aún no llega. Los escaparates nos apremian, temporada tras temporada, a vivir un verano adelantado desde febrero; la Navidad empieza en octubre, descontamos días para la próxima Semana Santa desde el mismo día en que nuestra hermandad entra por la puerta de su iglesia.

¿Y hoy? ¿Dónde está el tiempo que estamos viviendo? Seguramente, si tuviéramos un marcador restando las horas que nos quedan, como en la película In time, no perderíamos ni un momento en planear tanto para mañana, despreciando los minutos, el ahora, la inmediatez.


Es cierto que el ser humano, por su propia autodefensa, ha desarrollado la capacidad de no pensar demasiado en que es finito, ni que, como nos enseñaban a los egeberos, los seres vivos nacen, crecen, se reproducen, y mueren. Algunas culturas sí le dan a la Parca el lugar que merece, como demuestran los entierros en Nueva Orleans o los cementerios mexicanos. Pero, en general, casi todos preferimos pasar de puntillas sobre el tema, concediéndole, como un exceso, la realización del testamento, seguramente más por presión fiscal que por un verdadero sentimiento de fugacidad.

Pero hablando de lo futurible, otra de las anticipaciones es la compra de billetes de avión o el alquiler de las vacaciones: vivimos trabajando once meses con la vista puesta en un mes de descanso, que cuando coincide con suegras y cuñados se hacen larguísimas, pero que son sólo una duodécima parte de nuestro año.


Sí, es cierto, no podríamos vivir pensando que es el último beso que damos, la última vez que vemos a alguien, la postrera visita a nuestro lugar favorito. Pero hay que pararse más en el ahora, en el ser o en el sentir en el momento, porque es lo único cierto. Buscar el equilibrio entre lo que fue (y ya no volverá), y lo que esperamos que sea.

Porque hoy es el mañana que ayer esperabas. Y lo demás, ya veremos.