En la mañana del 2 de noviembre se celebra Misa de Difuntos en el cementerio de Sevilla, al aire libre –como en tantos otros cementerios en semejante día. A pesar de la solemnidad y belleza del rito, presidiendo el arzobispo, es una ceremonia rápida, es decir “asequible”; no requiere gran inversión de tiempo ni sacrificio de la comodidad.  Ciertamente es una misa sólo para devotos; el elemento “social” está ausente, lo que la hace aún más estimable. Por esto, no se trata de lamentar que no atraiga más público. Están los que quieren estar, y lo demás sobra.

Pero me invade una pequeña curiosidad: ¿cuántos, de entre los columnistas que escriben despotricando de Halloween, de entre los articulistas que hacen de la crítica a esta “importada, estúpida, ridícula fiesta” su tema recurrente por estas fechas, cuántos de entre ellos, digo, podía haber esta mañana en la misa del cementerio?


Sospecho que ninguno. Claro que esos comunicadores pueden no ser creyentes. O ser “creyentes no practicantes”. Pues muy bien; tienen todo el derecho. Pero entonces la crítica a Halloween se cae por sí sola; demuestra no ser más que un tópico fácil para solucionar un artículo. (Ese recurso se demostró particularmente útil hace precisamente quince años, cuando, según recuerdan algunos medios, se produjo el anuncio de compromiso del entonces Príncipe Felipe con la singular Letizia. Para no opinar, la mayoría de los columnistas de los grandes diarios hicieron de Halloween su tema del día… Coincidencia oportuna).

Diríase que “defiendo” la importada fiesta. En absoluto es así. Precisamente una de sus consecuencias más molestas es el haber creado una maraña de criticismo vacuo, imitativo, insincero, que a su vez es el que propaga la misma idea que se supone está criticando.

El ser humano le tiene horror al vacío. Necesita ritos y costumbres como el comer (o más todavía que el comer. Por lo menos, más que el comer bien). Si le faltan de donde sería natural abastecerse (de su propio entorno), los tomará de fuera. Pero sin ritos ni costumbres no se puede vivir simplemente.

Y entre los ritos y costumbres hay uno destacadísimo. Sucede que el tener una fiesta dedicada a los muertos es algo sin lo cual el ser humano no sabe vivir, nunca lo ha hecho desde la Prehistoria hasta hoy. Ha vivido sin agua corriente, sin calefacción, sin seguros médicos y sin declaraciones de derechos humanos; pero sin una fiesta conmemorando a los muertos, nunca en ningún rincón del planeta. Cuando una sociedad deja de celebrar esta fiesta (por las razones que sea, por acomplejamiento, por un deseo de ser y parecer “modernos”) se crea un vacío insoportable que de manera natural será ocupado por otros ritos.

No veo que adelantemos mucho despotricando de manera vaga y genérica al ver un grupo de niños que, obedientes, acuden disfrazados al colegio siguiendo instrucciones recibidas (otra pregunta: ¿Cuántos de los articulistas que lamentan esto se han negado de verdad, de manera concreta, desafiando al colegio, a disfrazar a sus hijos?)

Si se quiere de verdad desterrar costumbres extrañas, no hay ni que mencionarlas. Y hablar de la fiesta de Todos los Santos y de la de los Fieles Difuntos. Millones de católicos nominales no saben exactamente en qué consisten estas conmemoraciones, ni la diferencia entre una y otra; y nunca lo sabrán si no se les explica.