Maldito mosquito

Dicen que el diablo, cuando no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas. Los sevillanos hacemos lo mismo pero sin usar el citado o similar apéndice. Como en verano hay quien disfruta o sufre vacaciones, tanto laborales como pagadas por el INEM, la guerra contra el insecto adquiere gran virulencia. De las moscas está casi todo dicho, hasta el gran Antonio Machado las evoca en un poema de “Soledades”:

“Vosotras, las familiares

inevitables golosas,

vosotras, moscas vulgares

me evocáis todas las cosas”

Sin embargo salvo error, omisión o ambas cosas propias de mi ignorancia, el mosquito no tiene quien le escriba que diría García Márquez. Jamás he padecido nunca a la llamada mosca cojonera, imagino que debe ser habitual de playas o piscinas nudistas como las que fomenta Carmena, la alcaldesa de Madrid. Debería llamarse pues Mosca Podemita o Carmenita. En mis santos cojones no se ha posado en la vida mosca alguna ni ningún otro insecto aficionado a vivaquear por esos lares, Laus Deo. Toco madera, aunque sea la de un huevo de coger remiendos de calcetines. A mí los que me tocan de verdad las criadillas son los mosquitos, a los que engordo en verano como si fuera un ganadero de reses bravas que los cría para lidiarlos en Bilbao o Pamplona. Que en Sevilla hay más moscos -como los llaman en algunos pueblos- que en las selvas de Vietnam, las espesuras del Amazonas o las malezas de Borneo, es más verdad que todas las cosas. El gran enemigo mosquitero no es el Flix ni la pastilla de Fogo, es el aire acondicionado que cierra las ventanas y por tanto el acceso carnal de estos tipos nuestros cuerpos semidesnudos. El mosquito sevillano es un trasunto de nuestra personalidad y por tanto más inoportuno y molesto que otras especies. Suele aparecer en solitario y espera pacientemente a que la víctima haya agarrado con fuerza el segundo sueño para anunciar su visita. Porque lo peor del animalito en cuestión no es el picotazo en sí, que suele ser un tercio de varas bastante moderado como los que se estilan en el coso del Baratillo; lo peor es el acoso acústico. Los que hemos tenido la suerte de hacer el servicio militar sabemos que la peor guardia posible es la segunda imaginaria, vigilia de sueño de un par de horas de duración sobre las 2 de la madrugada. Esta centinela rompe y destroza cualquier descanso posible. Ahí es cuando el alado cabrón anuncia con un par de pasadas medidamente cercanas al pabellón auditivo su agradecimiento por haberte hecho donante involuntario de sangre. El resto es desvelo, rascamiento sobre la roncha de rigor y localización del culpable. Uno, que ya tiene sobrada experiencia en la defensa antiaérea de estos insectos, sabe de sus costumbres rutinarias y por tanto conoce los lugares del dormitorio donde gusta hacer la digestión vampírica. Siempre es la misma esquina del techo o pared. Y es allí donde pierdo todo vestigio de caridad franciscana o animalista y al exabrupto irrepetible sucede instantáneamente la muerte por aplastamiento del inoportuno piloto de caza. Debe ser alguna de mis tonteras, pero a mí el mosquito siempre se asemeja a un solitario piloto japonés de la segunda guerra mundial. Otra de mis manías es la de depositar sobre la mesita de noche el o los cuerpos inertes, como trofeos de caza o aparatos derribados por la acertada puntería de una batería de defensa en tierra.. El mosquito es único y se diría que siempre es el mismo, que se reencarna o resucita una y otra vez para aguijonear en aquellos sitios donde más coraje puede producir: entre los dedos del pie, el tobillo o algún codo aunque ya digo e insisto, que lo que más me molesta de esta fauna es el desvelo, todo se lo perdono y hasta le doy mi sangre gustoso a cambio de que me deje dormir. Es por esto que sostengo que el mosquito es un animal muy sevillano: nunca te molesta durante la sagrada siesta y gusta de morir entre aplausos.

 

Publicado en el extinto XYZ.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *