Majestad, oh, majestad

Voy a llamarlo pereza, majestad, lo que me causa la última política en este país y la sociedad cerril que ha creado. Una política de la estofa más baja, pueril. Una política de engañabobos que engaña a bobos, como siempre ha sucedido, no vayamos a engañarnos, pero con muchos bobos que han vivido en la libertad más extrema; esa que permite que un terrorista se suba en la mismísima casa del parlamentarismo español a arengar y hablar no sé qué gilipolleces de un Estado opresor.

Majestad, oh, majestad. Qué injusta la salida por la puerta de los tramposos, la puerta de atrás. La puerta pequeña. La puerta de los que huyen. Nunca lo consideré un cobarde, ni lo considero ahora; lo considero más bien una cabeza de turco de aquella política última de la que hablaba; esa que se autoovaciona, que se aplaude a sí misma en el ridículo más trágico para el país. Esa que no engaña más que a sus propios palmeros.

Cuarenta años de reinado y democracia. Cuarenta años de libertad aun cuando la libertad era víctima de encapuchados que la hacía saltar por los aires por una bomba o era acribillada por un cobarde tiro en la nuca. Cuarenta años donde el partido que más tiempo ha gobernado a España durante su reinado, ha robado a manos llenas más de setecientos millones de euros, donde los soberanistas han chupado del bote mientras decían que el resto les robaban, donde las comunidades autónomas han crecido como una especie usurpadora de la realidad común.

España, majestad, debía ser o una monarquía plena o una república trevijana; pero España, majestad, es tan solo una república bananera con una Casa Real atada, amordazada y, por último, humillada. Así lo pienso, así lo digo, así lo refrendo. La Constitución de 1978 nos deja un legado de inmensa estabilidad y un presente de inmensa incertidumbre, donde parece que solo Felipe VI sea capaz de poner cordura a esta esquizofrenia persecutoria paranoide de políticos de baratillo.

Le acompaña la leyenda del misterioso motorista que se paseaba, como Alfonso XII por las calles de Madrid, en total anonimato —la casta y el galgo—. Las anécdotas del rey cercano y bonachón capaz de hacer al pueblo no monárquico, sino juancarlista. El recuerdo del padre orgulloso y emocionado al ver a su hijo abanderando a su país, allá por el 92. El del hombre humano ante la barbarie etarra en más de una ocasión. El del político necesario cuando hizo mundialmente famoso aquel por qué no te callas a un Chávez bocazas. Le persiguen las andanzas del conquistador, las insinuaciones del estratega allá donde los dirigentes de turno quedaban enlodados, las creencias que estaba tras las decisiones importantes del país. Y ahora, majestad, ¡oh, majestad!, le persiguen las sombras. ¡Y en el más oportuno momento!

Con un gobierno formado en su mayoría por incrédulos constitucionalistas, abjuradores de esta, de España y de la propia jefatura del Estado, usted ha salido como conejo de la madriguera. En plena temporada de caza, surge como la pieza codiciada e inesperada. Poco importa ahora la debacle sanitaria, económica y social a la que nos ha llevado las imprecisiones, los tejemanejes, las mentiras, las ocultaciones, los bulos, las estupideces que nos cuelan como útiles necesarios para los españoles que ya teníamos derechos y obligaciones por igual de este gobierno de mendrugos y rebañaollas que nos desgobierna. Usted, don Juan Carlos, con su marcha —yo no lo llamaría exilio— les ha puesto la mesa, el plato y la pitanza.

No es justo, majestad, que al pago de sus servicios a España España le escupa mientras que quienes no han aportado nada en absoluto, le jalean como hienas carroñeras; pero, majestad, ha sido usted muy descuidado y en este país, según quién, el que la hace la paga. No veremos a Pujol en un banquillo, pondría mi mano en el fuego; no veremos a Iglesias con dignidad suficiente de dejar su cargo tras tanta basura que se está encontrando bajo los felpudos de su partido, ni veremos a Sánchez admitir que es incapaz, con un gobierno incapaz, de devolver ni un solo ápice de dignidad al país al que de forma constante degrada. No veremos al PSOE pedir perdón por esos setecientos millones que decía, ni a Izquierda Unida dejar de ser El Jueves tuitero de la despolítica española (de sus últimos tuits, ese recordando el atentado de Carrero Blanco, por ejemplo). Y hablo de estos por ser los más reaccionarios y berberiscos hacia usted y lo que representa; recuerde aquella famosa frase de la hoy ministra Montero de «Felipe no será rey y los borbones a los tiburones». Poesía.

Se va, majestad, dice que por servicio a España pero, majestad, en España nadie quiere que usted se vaya. Unos quieren hacerle un mariaantonieta democrático, otros un ladygodiva para escarnio de la monarquía, algunos un manolete e ir luciendo, manos en corona de laurel, oreja y rabo. Mas no pocos, don Juan Carlos, no por ello menos defraudados como quien le escribe que, por mi condición caballeresca, le debo lealtad —¿no se la deben otros, por carné, al politicucho de turno?—, tan solo queremos hacer justicia a su papel en la historia más reciente y más próspera de España. Majestad, demasiado villano para haber huido de los bajos placeres. Oh, majestad, pero qué buen rey.

¡V. E.R. E.D.E!




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