Luz entre tinieblas

Trato hecho

Caía la tarde de finales de septiembre y por el entornado ventanal se adentraba una dorada luz desde poniente que a través de las delgadas cortinas de hilo tamizaba de sepia la estancia. Finas cortinas, lejano regalo de su madre, que eran mecidas en silencioso compás por la leve brisa que bajaba desde Los Alcores. El aire se impregnaba con el húmedo verdor de los álamos de la ribera. Aún quedaban algún tiempo para que el tenue sol otoñal se escondiese tras la cuesta de Castilleja. ¿Tiempo para qué?

Fue ella, hace ya tantos años, quien decidió que aquella habría de ser su morada. El hogar de la familia. Estaría tan cerca de la Plaza que casi podría sentir la Divina Presencia del Señor dentro de su casa. Ahora ella estaba inerme en su salón, la mirada perdida y el dulce gesto en los labios, sentada en el sillón que siempre ocupó su esposo. Él, señor a carta cabal, se lo cedió gentilmente. Desde allí podría ver mejor aquellos colores almagre y albero de la plaza, las hojas caídas al suelo removidas por el viento. Desde allí quizá atisbaría entre un claroscuro de sombras de naranjos el bendito mosaico de azulejos pintados con Su imagen. ¿Quién sabe si de verdad lo vería?

Él se encontraba en la cocina. Rendía riguroso culto de puntualidad al reloj de aquella torre. Adaptaba su ritmo vital a la luz del día y al tañido de aquellas campanas. Cada tarde al oírlas en punto, dejaba su libro abierto sobre la mesa y las gafas de lectura sobre él. Junto al libro, flores frescas de jazmín dentro de aquel cenicero cartujano, aguardaban la noche para abrirse. Bajo el cristal de la mesa una estampa en blanco y negro con destellos de verde esperanza. Era el recuerdo de aquella Coronación del año 1.964. El mismo año que ambos se casaron. Más de cincuenta años y ahora él preparaba todas las tardes café con leche y galletas. Desde el día de la Purísima hasta Navidad, un polvorón. Desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección, una torrija. Siete años hacía que llevaba esa rutina de merienda que a ella le servía en bandeja. Desde que empezase a vivir en su mundo perdido.

En el principio, fue el verbo. Ella quería referir algo, pero no lograba recordar la palabra adecuada. Una de las primeras ocasiones le sucedería en el Mercado de la Encarnación. Se quedó sin habla frente al amable dependiente de blanco delantal. Rememoró un patio empedrado con un limonero y un laurel, al fondo había un corral con gallinas; recordó a su abuela recovando y depositando con delicadeza aquellos blancos tesoros alimenticios de posguerra en el canasto de mimbre que portaba una niña con trenzas. La cocina de su abuela estaba perfumada con el fragante aroma de la hierbabuena en el caldo del puchero. Llegó a percibir el fuego en la hornilla y aquella olla entre marrón y burdeos con bullente interior celestial. A la memoria le vino la placa metálica ovalada que presidía aquel hogar; tenía esmaltada la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Bendeciré. Ella pudo viajar en el tiempo y el espacio. Empero, no pudo recordar que iba a pedirle al puestero una docena de huevos.

Meses después, todo se evidenció. Un día dejó de reconocer a su hija, después se quedó impasible y enmudecida incluso cuando la visitaban sus nietos. Cuando ella fue diagnosticada, él abrazó su Cruz y se la echó al hombro. Él sirvió en caballería en el Cuartel de Alfonso XIII, Regimiento Sagunto nº 7. El  mismo donde años antes sirviera su abuelo en África. Y como buen caballero español, apretó las rodillas a la montura para afrontar con valentía la última carga. Siempre atento y presto al socorro de la fiel infantería. Ahora era ella a quien había que socorrer, dar cuido y mimar. Y ahí estaba él. Salía muy de temprano a desayunar y hacer alguna compra para el hogar. Abandonó sus tertulias de casino a mediodía, la copa de amontillado y el Montecristo del nº 5.  Dejó de sacar el abono de los toros. Toda su vida se redujo a cuidarla a ella. Quiso regalarle todo su tiempo, marcado a compás del bronce de aquellas campanas.

Siempre fueron alegres las Pascuas con toda la familia entrando y saliendo de casa. Los hijos y nietos iluminaban el hogar. Algunas veces, parecía que ella podría despertar de su quietud y unirse al canto de villancicos frente al Belén. La Semana Santa había cambiado tanto. Ahora había mucho más estruendo que antes, incluso se producían avalanchas. Siete años llevaba ella perdida entre sus brumas. Cuando llegaba la madrugada de Viernes Santo, él la despertaba antes de rayar el alba. Con exquisita delicadeza acercaba su sillón hasta la ventana del balcón, descorridas por completo las cortinas. Quién todo lo puede, venía acercándose desde La Gavidia con su paso racheado, de recogía. Ella erguía su cabeza cuando vislumbraba cercana la luz de los cuatro hachones encendidos. Luz entre tinieblas, alumbrando su oscuridad. Despojada ella de su habitual palidez, colmaba su rostro de arrobo cuando contemplaba la color del Señor. Dos lágrimas rodaban por sus mejillas, exclamaba ¡Bendito! y se santiguaba. ¿Adónde estaré Dios mío la próxima primavera?  

Jesús del Gran Poder alumbre con la luz de sus ojos a todos los enfermos de Alzheimer del mundo. Su Bendita Madre alivie el mayor dolor y traspaso de todos quienes cuidan a enfermos dependientes.  

 ADENDA DE EFEMÉRIDES

El día 20 de septiembre de 1909, durante la Guerra de África, acaeció uno de los sucesos más épicos de la Caballería Española. En los alrededores de Taxdirt, junto al monte Gurugú, fuerzas rifeñas compuestas por unos 1.500 hombres atacaron con inusitado furor a tres batallones de la infantería española, inferiores en número y con menor conocimiento del terreno. Ante el forzoso repliegue, el teniente coronel de Caballería José Cavalcanti, comandando 80 efectivos del Regimiento de Cazadores de Alfonso XII, ordenó desenvainar los sables y atacar contra las fuerzas indígenas al grito de “Santiago y cierra España”. Fueron tres cruentas cargas que conllevaron numerosas bajas. El arrojo y valor hispano consiguió derrotar a la morisma poniéndola en fuga y logrando así salvar de una segura masacre a nuestra Fiel Infantería.

El Regimiento sería recompensado con la Cruz Laureada de San Fernando y posteriormente renombrado como Regimiento de Caballería Sagunto nº 7 con sede en la ciudad de Sevilla. Cavalcanti, fue ascendido a Coronel y recibiría el Mando del Regimiento de Caballería «Pavía». De ahí es posible que provenga el tradicional arraigo que encontraron los “soldaditos de Pavía” en El Rinconcillo. Exaltación gastronómica situada frente a los Caballos de Santa Catalina.




    

1 Comment

  1. Antonio Rivero Ruiz dice:

    ” …abrazó su Cruz y se la echó al hombro”. Qué es eso sino la esencia del cristianismo. A veces, quién tiene mucho da un poco y quién tiene poco da más, pero, casi siempre, nos cuesta dar parte de lo que todos por igual tenemos: tiempo.
    Entregar nuestro tiempo, el que deseamos para disfrute nuestro. Ahí se encierra la felicidad. Por eso, alguien se ha parado a pensar porqué no hay una Hermana de la Cruz o una monja en su clausura que su cara no salpique felicidad.
    Yo tuve la inmensa fortuna de conocer a un hombre que le dedicó todo su tiempo a su mujer desde que comenzó un largo camino con dificultades crecientes hasta el final.
    Cuando murió no le hizo falta vestirse de luto. Bastó con un beso. Que satisfecho quedó él de haber hecho lo mejor en vida y ¡que orgulloso sigo estando de mi padre, de mi tía y de mi mujer y mis hijos! . Todos cogieron la Cruz y se la echaron al hombro, compartiendo su peso. ¡Y que feliz hicieron a mi madre, aunque ella solo lo pudiera expresar con una sonrisa!
    Una vez más tengo que felicitarte en el fondo y en la forma por tu artículo Francisco. Pero en esta ocasión, además, por llevar un deseo de alivio, que comparto, a estos enfermos y sus familiares. Tan necesitados de cariño unos y con la esperanza curtida otros.
    Un paisano tuyo

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