Lusitania

Leí no hace mucho que el viajar se ha convertido en una prioridad para muchas capas sociales, especialmente para los jóvenes, que destinan sus pocos ahorros, cuando los tienen, a conocer nuevos enclaves, sobre todo en el extranjero, aprovechando la más mínima oportunidad para disfrutar de ofertas de vuelos internacionales.

Es curioso cómo a la hora de plantearnos visitar otros países miramos de los Pirineos hacia el norte, cuando a pocos kilómetros y sin necesidad de desplazarnos en avión tenemos Portugal a un paso, tan cerca y al mismo tiempo tan lejos, como ese vecino con quien vivimos pared con pared y cuyas relaciones se limitan a cruzarnos en la escalera o en el ascensor, y a saludarnos con monosílabos. Sólo hay que fijarse en cómo los noticiarios omiten información sobre lo que ocurre al oeste de la península, salvo para hablarnos de sus incendios y de cómo les ayudamos a sofocarlos.

Ya no sorprende el desconocimiento de la Historia de España, y menos aún la ignorancia generalizada de los hitos históricos que marcaron nuestras relaciones con el país vecino: La villa de Batalha fue fundada por el rey Juan I para agradecer el auxilio divino concedido en la victoria de la batalla de Aljubarrota14 de agosto de 1385— contra los castellanos; el Imperio español vivió su cénit en 1580 con la anexión de Portugal, que entonces se encontraba entre las mayores potencias de Europa; en 1640 Portugal, consiguió emanciparse de España, a diferencia de Cataluña, que también lo intentó y fracasó tras una costosa guerra (los nobles lusos derrotaron a Felipe IV y se independizaron de la monarquía hispánica); en 1762, durante la Guerra de los Siete Años, España y Francia invadieron Portugal en tres ocasiones y en todas fueron derrotados por la Alianza anglo-portuguesa, convirtiéndose desde entonces Inglaterra en una aliada permanente de Portugal; que fue reino desde 1139, cuando Alfonso I se autoproclamó rey, hasta 1910, con la proclamación de la Primera República Portuguesa…

Les confieso que no fue hasta ya entrado en años, cuando supe que Ceuta era portuguesa antes de ser española, que san Antonio de Padua había nacido en Lisboa, que santa Isabel de Portugal era española (hija del rey Pedro III de Aragón), que hay un camino de Santiago portugués, y muchas más cosas que no cabrían en este artículo.

Atrás quedan esos tiempos en los que muchos mirábamos a los portugueses como el pariente pobre de la península, cuando íbamos a comprar toallas, cubertería, vajillas y café a las tiendas de Paga Pouco en Villarreal de San Antonio, en un barco que cruzaba el Guadiana desde Ayamonte, y cómo no evocar mis tiempos de tuno, cuando el “Somos cantores de la tierra lusitana…” y “María la portuguesa”, eran temas que casi nunca faltaban en una ronda y coreaban todos los asistentes.

Pero hemos cambiado, y la globalización que vivimos nos ha acercado gracias a las magnificas comunicaciones de las que disfrutamos, al creciente número de parejas hispano lusas (tengo dos amigos con hijas casadas con portugueses), a los estudiantes españoles que disfrutan de becas Erasmus en Coimbra, Lisboa, Oporto o Leiria y vienen encantados del trato recibido y de cómo se vive en Portugal, a los muchos sanitarios españoles que se han visto abocados a emigrar, a las excursiones de portugueses a Parque Isla Mágica (son los extranjeros que más la visitan) y a unas crecientes relaciones comerciales entre ambos países.

Una nación la conforman muchas variables: clima, relieve, comunicaciones, gastronomía, monumentos, pero, sobre todo, es su gente lo que más apreciamos, y ahí el portugués medio se nos muestra como una persona próxima, cordial en el trato, educado, con voluntad de agradar, que se esfuerza por comprenderte y chapurrea el español cuando conoce nuestros orígenes.

Les sugiero desde estas líneas, si aún no lo han hecho, que, si pueden, disfruten de un fin de semana en el Algarve, por poner un destino próximo a Sevilla. Que vayan con su pareja y se tomen un descanso con dos noches en Tavira, Faro, Lagos o Portimao, mi destino favorito, en un bnb o en un hotel; saboreen una cena con una cataplana, desayunen con unas boliñas, almuercen un arroz caldoso con mariscos y se despidan con un cocido a la portuguesa; disfruten de un baño en la playa de Marinha, visiten las cuevas de Benagil y la Ponta da Piedade y, bien abrigados, vean un atardecer desde el cabo San Vicente.

Vendrán con las pilas cargadas, y entonarán casi sin darse cuenta el estribillo de la eterna canción: “¡Ay Portugal, por qué te quiero tanto!”

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com 




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3 Comments

  1. Carmen dice:

    Qué te voy a contar, Alberto, toda mi vida viendo una buena parte del año ponerse ella sol por Castro Marín desde mi terraza dando a la desembocadura del Guadiana.
    Adoro Portugal, como bien dices, sus habitantes son muy educados y considerados, atentos y afables.
    Es un país precioso, con una costa maravillosa y un interior sorprendente.
    Y está tan cerca!

  2. Charo dice:

    En serio seguiré tu consejo y en mi próximo destino pondré a mi alcance cualquier ciudad portuguesa.
    Un artículo que dará orgullo al nacido en nuestro país vecino.
    👏👏👏👏👏👏

  3. alatriste dice:

    He visitado Portugal en varias ocasiones, conociendo, Lisboa, Coimbra, Estoril, Cascais y Tavira ( mi preferida ). Recuerdo la primera impresión al llegar a Lisboa en coche por el enorme puente sobre la desembocadura del Tajo, majestuosos y abrumadores puente y río, y acercarte a la ciudad que se me antojaba decadente y romántica al tiempo que acogedora y monumental. Elegante Estoril, señorial Cascais, en resumen, precioso Portugal. Que tengo que volver, volver a tus calles otra vez

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