Lourdes y la casuística

El actual Gobierno de España eligió el día de la Virgen de Lourdes –que la Iglesia, con bastante justificación, celebra como el Día del Enfermo – para dar otro paso más en la legalización de la eutanasia. Para muchos con cierta sensibilidad, el hacer eso en semejante día era como añadir el insulto a la injuria; pero dejémoslo aparte…

La sociedad y las leyes avanzan en una dirección tan inequívoca que el defender algo opuesto suena a una batalla perdida. A lo más que parece que pueden aspirar los descontentos es a vivir de otro modo de manera más o menos secreta en minoría. 

Y no obstante, si surge algún debate –que ya ni surge, es lo triste (una inmensa mayoría de la población acepta las nuevas leyes sin inmutarse, como la cosa más natural del mundo. El instinto de adaptarse a todo, y vivir tranquilitos sin crearse problemas con el poder, es tremendo. Luego nos extraña que tantos alemanes aceptaran el nazismo sin más; lo raro hubiera sido lo contrario)- pero si todavía surge algún mini debate entre partidarios y detractores, pues nunca falla, en el defensor de la causa que llaman “progresista”, un argumento que empieza así:

-Tú imagínate que tienes a tu madre con noventa años, y paralizada, y con unos dolores terribles, y con un sufrimiento enorme, y…

Cuando se defendía el aborto, ya tan aceptado, el argumento era parecido:

-Tú imagínate una niña de catorce años, y que la han violado, y que es paupérrima, y que del embarazo se puede hasta morir, y que…

Siempre estas consideraciones empiezan con un “Tú imagínate que…”. 

Podemos comentar dos cosas: una, el brutal empleo de la casuística, siempre poniendo el ejemplo de un caso extremo y dramático para defender una ley de aplicación general. Pero otra, en la que me quería centrar, es el abuso de ese irritante: “Tú imagínate que…”

“Imagínate que…”. Me puedo imaginar muchas cosas. Imaginemos. Imaginemos por ejemplo a un hombre en un bar al cual se le acerca otro y comienza a insultarle. Y resulta que el insultador es uno que previamente lo había estafado y lo había llevado a la ruina. Y que además, el insultador es uno que había atropellado al hijo pequeño del primer hombre y lo había dejado paralítico. Y que además el insultador empieza a reírse de su madre (la del primero), y de su padre y de toda su familia; y que además… Y entonces, al límite de su contención, el hombre insultado al fin le da un puñetazo en la cara al otro. 

Sigamos con el ejemplo imaginario. Seguramente las simpatías de casi todo el mundo estarán con el hombre que, después de recibir injurias y daños y agravios inmensos, se limitó a darle al otro un mero puñetazo. Es lo más natural. Pero entonces, ¿promulgamos una ley según la cual declaramos lícito el dar un puñetazo cuando medien determinadas circunstancias?

No parece sensato, ¿no? Las leyes ofrecen atenuantes, agravantes. Si este caso imaginario llegara a juicio, el autor del puñetazo presentaría en su defensa tantos atenuantes que es improbable que fuera condenado. No vamos a crear una ley permitiendo el dar puñetazos siempre que nos hayan provocado de esta y de tal manera…

“Tú imagínate que…”. ¿Será por imaginar? Imagino a alguien el día en que entierra a su madre, y al dolor se le unen mil problemas, y ese día le llega el aviso de pagar un IBI, y no tiene el dinero para pagarlo, porque le han bloqueado la cuenta. ¿Promulgamos una ley para perdonar el impuesto o la multa a las personas que estén de luto? Y habría que añadir a las que están igualmente doloridas porque su novio las haya abandonado… “Tú imagínate que justo cuando estás más hundida te llega el impuesto…”. ¿Será por imaginar?

La vida es dura; en ocasiones (¡en muchísimas ocasiones!) las leyes lo son también. A la hora de promulgar leyes, hay que tener una distancia emocional, concordar los mil puntos de vista, pensar en los efectos y consecuencias, aspirar al menos a la mayor objetividad posible. (Y, ¿se les ha ocurrido aspirar a algo llamado justicia en sí?)

Una ley nueva y rompedora no se puede justificar con un argumento que apele a lo emocional y subjetivo sólo por un lado (“Tú imagínate que a tu madre… Tú imagínate que a tu hija…”). 

Y menos cuando es una ley que afecta a lo más radical, lo más humano, lo único importante.




 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *