Comenzaron las obras a finales de octubre del año pasado. Durarían un año y medio aproximadamente.


Pues calculen ustedes a qué altura estamos y los movimientos de rotación y translación que hay en estos días y comprenderán hasta dónde llegan las raíces del poeta de los catetos, de aquel Gustavo Adolfo, que de bueno que era le pusieron un hotel en Sevilla.

Tan fuerte, tan frágil a la vez, tan intenso, tan enamorado y tan cursi él, que ha logrado que, sin levantar demasiado polvo con su nombre y con el de sus propietarios, los compañeros del orden se pongan a multar a diestro y siniestro y a cerrar locales en el paseo del Descubridor Cristóbal Colón, paseo que lleva de este lado del poema, AÑOS, siendo el lugar de moda para salir, permitido por todos pero que, ¡oh casualidades!, ahora, próximo a la apertura del hermano pequeño de Gustavo Adolfo, es cuando saltan a la vista los supuestos incumplimientos e irregularidades legales, que diría mi amiga Kuki, intima de una abogada buenísima de la ciudad.

Pues verán. Les puede gustar o menos, pero allí no hay botellón, hay copas; y tampoco hay porros, hay horterada de esas que parece que cada vez que alguien da una calada se fuera a convertir en Matahari o en la oruga de Alicia en el País de las Maravillas. Pero ruido sí, el de la calle de copas, de fiesta. Porque Sevilla también es fiesta. No sólo “también”: Sevilla es fiesta. Cosa que habrá que cortar a toda costa antes de que el hotel del hermano pequeño de Bécquer nazca, no vaya a ser que toda la inversión se vaya por la rampa que va a dar al regato con olor a pescado del mercado de abastos. ¡Ojo! Que a lo mejor las raíces van a más allá y también hay un plan trazado para eso. Para evitar a toda costa los olores que no soportan los clientes VIP, como no soportaba la Beckam el olor a ajo. ¡Cuidado cómo colocar y a qué hora los contenedores chorreantes de agua con olor a pescado, que como se salgan 2 mm de la línea que aparece pintada en el suelo o se adelante el cierre de algún puesto y por ende la limpieza y se coloquen las bolsas antes… por ahí va a ser!.

Y lo siguiente… talar las palmeras del paseo en la margen de la tapia que da al río, porque algún picudo o en su defecto, algún narigudo o cornudo saldrá, y así los huéspedes que tengan pisos bajos puedan deleitarse con la estampa de la calle Betis, ese comienzo de Triana, barrio por antonomasia.

Esta es la esencia de Sevilla, la que se la coge cada vez más con papel de fumar.