Los peligros de la obediencia

Si hay una rama de la Psicología cuyo estudio me atrae más es la Psicología Social, que tiene por objeto el examen de las relaciones sociales y cómo estas influyen y modifican la conducta, los pensamientos y sentimientos de las personas. Por ejemplo: ante la pregunta a los mandos nazis alemanes juzgados en Núremberg de cómo pudieron ser cómplices de la matanza de judíos en los campos de concentración, todos respondían que estaban cumpliendo órdenes. ¿Cabía la posibilidad de que un ser humano perfectamente cuerdo y normal cometiera actos contrarios a sus propios códigos morales e incluso de crueldad extrema porque así lo ordenaban sus mandos?

Interrogado por esta cuestión, el psicólogo Stanley Milgram realizó un experimento en 1961 consistente en medir la disposición de una serie de participantes entre 20 y 50 años, de distinta formación cultural, a obedecer las órdenes de una autoridad “en aras de un estudio científico”, aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal. Así, debían suministrar sucesivas descargas eléctricas cada vez más potente a un sujeto (se trataba de un actor) que simulaba recibirlas y retorcerse hasta chillar de dolor.

En el experimento original, el 65% de los participantes aplicaron la máxima descarga (450 voltios), aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todos pararon en cierto punto y cuestionaron el experimento; algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado, pero ninguno se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios. Este experimento fue llevado al cine en la película Experimenter, (2015)

El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados: 

La primera es la teoría del conformismo, que describe la relación fundamental entre el grupo de referencia y la persona individual. Un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, transferirá la toma de decisiones al grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona.

La segunda es la teoría de la cosificación (agentic state), donde, según Milgram, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona, y, por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos (El obediente no se equivoca). Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, concurren todas las características esenciales de la obediencia. Por ejemplo, este es el fundamento del respeto militar a la autoridad: los soldados siguen, obedecen y ejecutan órdenes e instrucciones dictadas por los superiores, con el entendimiento de que la responsabilidad de sus actos no recaerá sobre ellos.

Estas conclusiones fueron publicadas en un artículo, Los peligros de la obediencia, en 1974, y en él se concluye que la férrea autoridad prima por encima de los imperativos morales de las personas intervinientes en el experimento, y que la buena voluntad de los adultos a aceptar cualquier requerimiento ordenado por un superior, prevalece por encima del daño infligido.

Viendo el seguidismo político que se da hoy en el mundo, no sólo en nuestro país, la lectura de la paradoja Milgram nos explica el comportamiento de tantos afiliados y simpatizantes con partidos de uno y otro signo, a suscribir las decisiones de su líder obedeciendo ciegamente las consignas, sin el menor atisbo de crítica.

Así podemos ver como desde jueces con una excelente carrera judicial y abogados del Estado que han superado difíciles oposiciones, hasta los que se quedaron en la enseñanza secundaria o incluso menos, sin conocimientos ni habilidades para el puesto para el que se les nombra, aplauden sin rubor y hasta justifican medidas encaminadas a conceder privilegios a unas comunidades autónomas sobre otras, a permitir que prófugos y delincuentes buscados por la justicia presionen para la redacción de leyes, o defiendan medidas políticas encaminadas a condonar deudas mientras a otros se las mantienen.

Los romanos decían que Corruptio optimi pessima (La corrupción de los mejores es la peor), y en los últimos días estamos asistiendo al espectáculo de una inundación de mangantes en los entornos de un poder que sólo sueña con eternizarse, pero atentos: nadie tiene partidarios en el día de la desgracia (frase que se conserva en un papiro egipcio de hace cuatro mil años) y ese día está hoy más cerca que ayer para los que a duras penas se mantienen en la cúspide del gobierno.

Al final, cuando se produzca el relevo de los que hoy  ocupan puestos de poder, ya se sabe, hoy como ayer, con políticos de otro signo, nos dirán: “sólo obedecía órdenes, porque como ya te dije a solas y en privado, yo no estaba ni mucho menos de acuerdo, pero no podía hacer nada”, y algunos hasta les creerán.

Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com




3 Comments

  1. Pepa Pineda dice:

    Muy bien llevado el artículo hasta el final. te refieres a este Ley de Amnistía, sin duda.
    Ya, ya, todos obedecian consignas del partido. pero todos han obedecido a pesar de sus opiniones personales.
    Enhorabuena, muy bueno👍

  2. José Antonio dice:

    El tema desde luego da para mucho y el objetivo final del texto centrándose en la actitud de los seudo políticos que nos gobiernan, me parece que se queda corto en cuanto a la obediencia debida. Estos mangantes no valoran que un mandato superior sea incompatible con su conciencia o no, sencillamente porque no la tienen y les da igual con tal de mantener su status de poder y retribución con cargo al erario público. No son militantes, son creyentes radicales y fanáticos. En cuanto a los militares, no nos confundamos. Una orden no debe ser obedecida si es contraria a derecho, a la
    moral o a la dignidad humana incluso del que la recibe. Otra cosa es que el subordinado tenga la capacidad de discernir que ordenes no se deben cumplir. El propio ejército no quiere tener soldados “ demasiado inteligentes “. Por último comentar que la naturaleza humana tiende a ser gobernada, mandada por otro y así se evita la responsabilidad de tener que decidir y asumir las consecuencias de las decisiones

  3. Charo dice:

    Muy, muy interesante, y totalmente de acuerdo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *