Los paraísos de la infamia

La única diferencia de fondo que encuentro entre unas dictaduras y otras es que las hay que nos importan entre poco y nada mientras no se crucen en nuestro camino. Resulta obvio que todas son lo que son y cada una de ellas con sus características particulares, pero cobran rasgos de maldad y de condena cuando nos entorpecen en algo o cuando consideramos a ese país o a ese pueblo como parte de una misma comunidad de intereses, sea histórica, emocional, cultural, etc.

Me refiero a que no veo a nadie preocupado por el hecho de que Burkina Fasso, Zimbabue o Eritrea constituyan dictaduras de cualquier signo. Si me apuran, la dictadura china nos puede parecer a casi todos más que condenable pero, dada su inabarcable dimensión y su poder, nos parece tan inabordable que queda al margen de toda discusión. Y en eso también se diferencia de la tiranía de Corea del Norte, que aunque nos pille lejos y a trasmano, para los más es un referente execrable de dictadura comunista apenas porque genera tensiones cerca de unas comunidades de intereses más próximas a nosotros como puedan ser las de Corea del Sur o de Japón.

A casi nadie importa (menos que a nadie al mundo financiero) que los Emiratos y el resto de petromonarquías sean férreas dictaduras cortacabezas habida cuenta nuestros intereses petroleros y de geoestrategia en el Oriente Próximo, pero también y sobre todo porque aceptamos contemplarlas como sociedades muy ajenas a nosotros mismos en las que ya les vale si sus individuos, por lo general, aceptan que una doctrina religiosa les sirva como código y norma de conducta civil, motivo por el cual resultaba tan rotundamente falso que las guerras emprendidas en Afganistán o Irak tuviesen como razón o excusa la democratización de aquellos regímenes odiosos.

Irán, que es otra dictadura perversa, sólo es motivo de preocupación en la medida en que tiene el protagonismo desestabilizador de todo ese tablero de ajedrez, pero no nos preocupan del mismo modo otras similares en la zona y, en cambio, se emprendió una guerra desastrosa en Siria, donde decenas de tribus y etnias distintas convivían con unos márgenes de autonomía y convivencia destacables.

A las izquierdas occidentales se diría que les abruma la ‘insostenible’ situación chilena, argentina o peruana, pero nada les preocupa en Venezuela o en la madre de todas las dictaduras de ese continente que es la dictadura cubana. Todo lo cual demuestra que el dilema de esta gente no es dictadura o democracia, sino capitalismo o comunismo, porque pueden existir dictaduras dentro del capitalismo, sí, pero el comunismo no es posible si no va acompañado inexcusablemente de la tiranía.

Ocurre, claro, que a todos los países de Iberoamérica (incluyo a Brasil) los miramos como parte de nuestra comunidad in extenso, porque fueron parte nuestra y los consideramos necesariamente integrantes no sólo de una misma comunidad lingüística, sino también cultural y sentimental en el más amplio sentido.

Visto así, resulta absurda la nimia preocupación aparente que al actual Gobierno de España le suscita una dictadura como la cubana después de 62 años de ejercicio desbocado con todos y cada uno de los elementos propios de una satrapía que, además, les ha conducido a la miseria y al colapso de un régimen atroz. La práctica capitalista por sí misma no garantiza la superación de los niveles de pobreza, pero es una evidencia empírica que la del comunismo sí garantiza todo lo contrario y apareja toda clase de limitaciones, represión y prohibiciones, lo que viene a demostrar una vez más que a las izquierdas occidentales les importan tres puñetas los niveles de democratización y dictadura porque su fe se construye sólo sobre el sectarismo y no tienen ni un sólo ejemplo que poner de lo contrario en toda su Historia de infamias e ignominias.

Pueden ustedes reírse de los catecismos religiosos y de la sharía, que al menos ofrecen la salvación al otro lado como recompensa, porque la religión que predica el proselitismo de los paraísos comunistas garantiza la entrada colectiva en el infierno de la falta de libertad y de la miseria. Al sanchismo no le escucharán reconocerlo porque va directo hacia el abismo…, si no lo remediamos.

He dicho.




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