Al contrario que muchas personas “ilustradas”, no miro con desprecio alguno a los parques temáticos. Hasta diría que los considero uno de los inventos más simpáticos de nuestra civilización reciente. Superficiales ciertamente, pero honestos en su pretensión. No engañan, son lo que dicen ser: un espacio recreativo, de entretenimiento y belleza – una belleza prefabricada desde luego, fácil de absorber, mas no hallo motivo alguno para desdeñarla. Incluso proclamo mi afecto por el “nuestro” particular, Isla Mágica; modesto, según me dicen, en dimensiones y nivel de sofisticación, y quién sabe si es mejor así.

Ahora bien, tratar una ciudad como si fuera un parque temático es otra cosa distinta. En años recientes, parece que al fin se reacciona contra esto, y ciudades repletas de historia y de vida manifiestan su inquietud al verse así banalizadas como parque de recreo. El propio Ayuntamiento de Sevilla parece estar tomando medidas en ese sentido; lo cual habrá que considerar loable, sí, al menos en su intención. Pero esas medidas, o al menos lo que de ellas una ciudadana de a pie percibe, no pueden ser más contradictorias.


Paseando por la Avenida, o mejor dicho, no paseando sino desplazándome por ella en medio de las actividades de rutina diaria (acción esta que es lo que verdaderamente distingue una ciudad viva de un espacio únicamente turístico: hay personas yendo y viniendo, por trabajo, por quehaceres necesarios de mil tipos. Personas con su maletín o su bolsa de la compra, o con un niño de la mano), me hiere la vista la serie de paneles informativos uno detrás de otro, opresivos, absorbentes, asumidores del protagonismo, que pueblan esta zona estrella de la ciudad, la que antaño fue su “arteria”. También se encuentran en la Alameda y en otras calles.

Se carga contra los comercios turísticos demasiado vulgares, contra los elementos publicitarios que invaden aceras y calzadas, y vulgarizan así calles emblemáticas. Pero al mismo tiempo se instalan, se colocan, con toda deliberación, en los lugares más emblemáticos de toda la ciudad, estos paneles gigantescos, que informan de una u otra exposición, o simplemente entretienen con imágenes.

Muchos dirán, ¿tan malos son esos paneles? La cuestión no es lo que en ese momento decidan colocar (el último tema, con reproducciones de cuadros de Murillo, no podía ser más de mi agrado. Otros tendrán gustos totalmente diferentes). Se trata de si lugares como la Avenida, con la catedral a un lado, el plateresco Ayuntamiento al fondo, son espacios urbanos privilegiados para disfrutarlos por sí mismos, sin más (aliviando además, con ese horizonte de belleza serena, el fastidio de los trámites diarios; ennobleciendo la vida, podríamos decir incluso) o son sólo un decorado para atiborrarlo de material turístico.

En el fondo, los paneles informativos son más hirientes para la integridad de una ciudad milenaria, más reductores a parque temático, que lo que puedan serlo las cadenas de comida rápida y de souvenirs. Pero esto es para analizarlo en otro momento.