Los fachas por decreto

Todos tuvimos un momento en nuestras vidas, de niños o de adolescentes, en que cogimos un juguete del armario o salimos a jugar con los amigos sin ser conscientes de que sería la última vez que lo hacíamos. Y allí quedó.

Sencillamente ocurrió, sin presentirlo de ningún modo, y las olas de los relojes y de los calendarios se encargaron de borrar las huellas que rodearon aquella ocasión y no dejaron rastro alguno en la memoria ni del por qué ni de las circunstancias.

Ocurre algo parecido con otras muchas situaciones… Por ejemplo, resulta imposible averiguar a partir de qué momento ni de qué modo en España no se puede ser republicano, o gay, o feminista, o estar en contra de la violencia o a favor de la dieta vegetariana si no eres de izquierdas, atributos todos ellos, entre muchos más, de los que se apropió al vuelo y por la cara el zurderío patrio por el procedimiento del tirón.

Y lo peor no es ese latrocinio apabullante y descarado, sino que, sensu contrario, el zurdismo te endosa una etiqueta de facha si discrepas en cualquiera de sus mantras. Además, un progre se identifica como tal apenas por cumplir cualquiera de esos requisitos atrabiliarios y caprichosos carentes de significado, de tal modo que todo lo demás te llega impuesto por añadidura.

A un amigo homosexual, pero liberal en el más clásico sentido político, le leí una vez quejándose con ironía amarga: “Esto de ser gay es maravilloso porque no tienes que pensar tu ideología, ni tus principios éticos, ni políticos, ni filosóficos. Te lo dan todo pensado. Es genial, te instalas el kit y viene todo incluido. No tienes que complicarte, sólo convertirte en un puto borrego. Y si no te funciona ese kit, siempre puedes instalarte el de la mujer empoderada, el del inmigrante, el del trabajador explotado, etc. Y luego puedes hacer updates con plug-ins, porque tienes el vegano, el animalista, etc, etc.”

Si no te dejas instalar un kit completo, ya lo sabes, eres un facha sin remedio y por decreto.

La arbitrariedad analfabeta de esta clase de progresismo inútil conduce al zurdo a una permanente situación de confusión, pues se proclaman enemigos acérrimos de la violencia contra la mujer pero se meten debajo de las piedras cuando se trata de endurecer las penas contra violadores y maltratadores y se gastan la pasta de todos no en proteger a las víctimas, sino en los regodeos asociativos de quienes sólo comparten un fanático sectarismo.

Sánchez y Pablo Igeishas son dos mendrugos promotores de esta clase de simplismos que, no inauguró, pero sí llevó hasta el estrellato aquel prolegómeno de la insustancia sideral llamado ZP, cuando enunció que “fumar es de derechas”, y que luego elevó al altar de la inanidad absoluta el actual ministro de Consumo, Alberto Garzón, cuando deletreó la suma idiotez de que “Para mí un delincuente no puede ser de izquierdas”, lo que definitivamente atiborró de fachas las cárceles del mundo. ¿Qué clase de tara tendrá un tipo que ensalza a un genocida como Stalin?

Igualmente tengo amigos zurdos, convictos y confesos, que no se libran de ser etiquetados de fachas por otros igual de zurdos que ellos apenas por ser aficionados incorregibles a la tauromaquia. Lo mismo que tengo amigos de derechas que son gays desde que les alcanza la memoria, pero abominan de las absurdas cabalgatas del orgullo o incluso están en contra del aborto, del matrimonio entre personas del mismo sexo y de la adopción en esa clase de parejas.

Claro que también conozco a gente que dice ser de derechas capaces de atropellarte con su coche en un paso de cebra sólo porque no te gusta besar en los morros a su perrito o porque eres aficionado a la caza o a la pesca y disfrutas con merendarte un chuletón de Ávila…, ese lugar con un famoso acueducto, que diría Adriana Lastra.

A la zurda, ya digo, le compras el pack ideológico completo, con el index entero de sus ideas prohibidas y sus anatemas, o dejas de ser digno de consideración y te emparenta con Hitler o con la momia de Tutankhamón, les da lo mismo, sin que hayan explicado aún cómo es posible reivindicar la figura del Ché Guevara, un homófobo de manual que practicaba con ellos el tiro al negro (¡arrodíllense los Lewis Hamilton y pidan disculpas, porque el “tiro al blanco” es una expresión retorcidamente racista!, ¿no les parece?), y a la vez reivindicarse como defensor acérrimo de la causa lgtbixyz…

Así, los zurdos, ya digo, se desenvuelven con desparpajo y soltura entre quienes desmerecen, insultan o escupen sobre cualquier símbolo de la religión cristiana, pero exigen respeto a la actitud unívoca, intolerante y excluyente del Islam, a la vez que sacan la papeleta para salir en un desfile procesional de la patrona de su pueblo. Todo muy incoherente, pero la etiqueta se la colocan a los demás entre las cejas.

Lo del Twitter, por ejemplo, es descomunal, una burricie conjugada en todos los tiempos verbales que se te ocurran con predominancia del imperativo. Nadie lee, nadie escucha, nadie entiende, pero en las redes sociales hay expertos en tomar la parte por el todo y en apuntar matrículas y repartir pegatinas como pancartas lanzadas a pelón: o estás con los míos o eres de los otros.

O sea, que la definición de un facha, según el lerdismo del ecosistema tuiteresco, es alguien encantado de que abofeteen a su hermana, violen a sus madres, arrojen al agua a los inmigrantes, permitan morirse de hambre a los parados y se dedique a patear a las lesbianas, por ejemplo. Pero para obtener el premio gordo, ya digo, no hace falta que enuncies nada de eso, sino que basta con que cumplas el único requisito que exige el progre, que consiste sólo en que discrepes en alguna cosa que te dicte la intolerancia zurda.

Hay progres, por ejemplo, encantados de vomitar su estupidez al respecto de cierto grado de pedofilia en la Iglesia católica, obviando por completo que dicha proporción no es superior entre los sacerdotes que entre los monitores de gimnasia y que el hecho no lo otorga el ejercicio pastoral, sino cierta clase de homosexualidad presente o latente de sus infames protagonistas.

Ser zurdo está de moda o no habrá modo de explicarse qué narices hace de ministro de Consumo un comunista y de cónyuge de la ministra de Igualdad un machista impertérrito que apadrina tarjetas de memoria de sus empleadas como un padre diplodocus protegería el virgo de sus hijas.

PS: Y C’s…, soplando velas de cumplemes.

He dicho.


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