Los fachas comen chocolate

Lo crean o no, en muchos países de África existen ya redes de ciudadanos, asociaciones y colectivos que intentan convencer a los suyos de que no ensayen el salto a Europa de esa manera irregular que vemos en la costa casi a diario.

Por si no lo sabían, algo así como el 80% de los negroafricanos que llegan a Europa lo hacen a través de alguno de los aeropuertos, por lo general con permisos de estancia temporales. Una vez aquí, se desplazan o cambian de país dentro del espacio Schengen y prolongan su permanencia incluso en situación de ilegalidad, así que el tema es otro.

Los que emplean la fórmula de la patera o el asalto de las vallas como si se tratase de un castillo medieval, son mayormente auténticos majaretas o gente muy equivocada, aventureros audaces que se adentran en ello como un desafío y que afrontan la vida como una gymkana.

Cabe añadir, además, que quienes lo ensayan de este modo suelen ser individuos de complexión y condiciones físicas poco menos que excepcionales: les invito a que repasen el aspecto de los nigerianos que hasta la pandemia veían apostados cada día en los semáforos de Sevilla capital…, actividad copada, repito, por los de esa nacionalidad, porque es así como funcionan los ‘gangs’.

En todo caso debiéramos saber que, por lo general no llegan empujados por el hambre, ni es una huida a la desesperada ni se debe a que sus vidas estén en riesgo especial por persecución de ninguna clase. Se trata de algo mucho más sencillo e igual de legítimo: el deseo de cambiar de vida, de probar fortuna y de acceder a eso que creen adivinar a través de la TV y de los teléfonos móviles.

Que nuestro modelo de vida (o mejor, el que reflejan las pantallas) se ajuste a la realidad o no, es harina de otro costal y ya digo que han nacido múltiples organizaciones locales que intentan hacerles ver que nada es exactamente como parece y tratan de hacerles desistir o que al menos tomen conciencia de lo que se encontrarán aquí, si es que logran el objetivo.

Hay mil posibles demostraciones de cuanto explico, pero no me detengo en ello porque ocuparía un libro recogiendo una casuística tan variada como el propio continente, cada caso con sus razones peculiares.

En realidad, a nadie importan los motivos, porque a los de aquí nos basta con un prejuicio instalado de serie y aceptado, que, o bien la compasión mal entendida o el buenismo progre, se encargan de espolear de forma irresponsable y bastante absurda.

De todos modos, si a los que llegan trataran de explicarles que en estos momentos comer conguitos es considerado aquí cosa de fascistas, lo primero es que habría que explicarles qué cosa es el fascismo (bueno, a los de aquí también habría que explicarles eso mismo) y, acto seguido, qué narices es un “conguito”. Después, costaría enormes esfuerzos convencerles de que la sociedad occidental no se ha vuelto loca de remate.

Hace bien el diputado de Vox Espinosa de los Monteros en sentarse a admirar la catedral y las murallas de Lugo con una bolsa de esas chuches en la mano..., porque los fachas (lo he leído en el “Mein Kampf”) comen chocolate, conguitos y regaliz de la marca Pepe.

Vuelvo a generalizar, pero, con frecuencia, los que llegan, si logran un trapicheo o una subsistencia ocasional, se aburren cuando pasa el tiempo, porque la vida occidental está muy por debajo de las expectativas que les ofrece el arranque de su vitalidad personal. Algunos saben adaptarse y se integran, claro, pero son muchos más los que regresan a sus lugares de origen después de probar y de agotar diferentes peripecias. Estos son potenciales candidatos a integrar las asociaciones que he mencionado.

Y no es extraño, porque lo de los conguitos (y lo de las estatuas, aun sin saber quiénes fueron Cervantes, Fray Junípero Serra o Gonzalo Fernández de Córdoba), créanlo, desanimaría a permanecer casi a cualquiera, porque es tanto como si llegas a Afganistán y ves dinamitar los budas de Bamiyán o contemplas cómo los de Al Qaeda del Magreb Islámico destrozan los túmulos de los santones y eremitas en la Ciudad Santa de Tombuctú. O sea, una puta salvajada. Mejor salir huyendo.

Todos hemos visto atentar en países insólitos contra estatuas erigidas a algún político reciente, generalmente un dictador, un tirano sanguinario, pero sólo una sociedad estúpida y fanatizada atacaría con semejante desdén y saña a los viejos héroes de piedra de su propia Historia. Con semejante cacahuete ocupando el cráneo, no es extraño que muchos africanos piensen que mejor no moverse de su continente.

Los más avispados han empezado a comprender que ese infantilismo no les llevará a ninguna parte y saben que para esa demagogia mejor quedarse en casa, donde ya van bien despachados de lo mismo pero al menos permanecen cerca de los suyos.

Bien está si logran acceder a alguna de las prestaciones que Occidente les regala a veces, pero venir para enfrentarse a ladrillazos a la latente esquizofrenia de los hijos de quienes se instalaron hace décadas en lugares como Francia y ahora a esta horda de subnormales que derriban la belleza que algún día ellos admiraban desde la distancia, no es un buen augurio ni siquiera para ellos.

A mi amigo Ismael Diadié le escuché decir un día que para muchos africanos el exilio no es tan doloroso como supone la mentalidad occidental, porque es la oportunidad que les brindó el destino de descubrir cosas nuevas y bellas que no habrían podido conocer de otro modo. Pero en este plan, casi que mejor volverse a casa.

He dicho.

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