Los expertos de babor

Resulta sorprendente que un gobierno (y un país entero) tan poco dado al rigor científico y tan proclive al prejuicio y al sectarismo pretenda ahora excusar y ocultar sus negligencias, inoperancias y errores encomendándose y apelando continuamente a la opinión de “los expertos”.

En España, los expertos son tan expertos como en cualquier otro lugar del mundo, lo que ya no está tan claro es que la opinión experta tenga la consideración que se merece y no esté aplastada por el capricho o la arbitrariedad de quien dispone de las riendas de la carreta.

España es un país de manijeros y sargentos, no de coroneles y terratenientes, y la figura que sobresale es el ‘quidam’ investido discrecionalmente para la ocasión con una gorra de plato. Más aún si del sargento para abajo le prestas los entorchados del generalato o lo montas en el caballo del señorito. O sea, usted no sabe con quién está hablando y tal y tal…

En España el experto no es una ‘auctoritas’, como ocurre en cualquier país sensato, sino una excusa de ocasión o una molestia que ha de coincidir con lo que uno dice, una tapia tras la que esconderse, una tapadera de los caprichos del que manda y un arma arrojadiza intercambiable. Y en cuanto el experto contradice al poderoso, pierde su condición de tal y se convierte en un rival, una discordia o hasta en un facha.

Un país lleno de seleccionadores nacionales que no han jugado nunca al fútbol o de sabihondos de la torería que jamás abrieron el Cossío, es un país que desprecia a sus expertos por encima de sus posibilidades y que se permite un sistema sanitario excelente con médicos ninguneados por los pacientes, consentidos por la autoridad que los administra, y con sueldos de barrenderos.

España es un país de nuevos ricos (ahora de muchos “nuevos pobres”) al que Fernando Díaz Plaja, desde California y en pleno franquismo, clavó como un insecto en el cartón de su entomología social con “El español y los 7 pecados capitales”. Y Lope, en el “Arte Nuevo de hacer comedias”, hablaba de “la cólera del español sentado”, que no tolera que las funciones de teatro sean demasiado largas porque “al español no le gusta escuchar” y lo que le gustan son los entreactos, donde tiene la ocasión de expresar su opinión sobre la obra, el autor y los actores, lo cual explicaría que amemos espectáculos como el fútbol o los toros, “donde se puede mirar y comentar al mismo tiempo”, y resulten preferibles los juegos de cartas o de dominó y no el silencioso ajedrez.

Quizá por eso vuelve el fútbol, para salvar a Sánchez del cabreo del pueblo en las manifas y las caceroladas, y anuncian que pronto se abrirán las playas, aunque la ministra Ribera vaticinó que la hostelería reabriría a final de año. No hay sitio para tanto experto.

Pero era sólo una cuestión de tiempo, que transcurrieran una o dos generaciones persistiendo en la connivencia con tan insólito carácter, que algunos de los categorizados como expertos claudicasen de su condición y renunciaran a mantener los principios de su Ciencia por encima de la ideología gobernante.

Es el caso de ese Fernando Simón autoarrastrado, que se lavó las manos como un Pilatos sin ciencia ni conciencia por no incomodar a quienes a todas luces carecían de la voluntad de anteponer los preceptos objetivos de la Ciencia y la prudencia a los intereses de su sectarismo.

En España, un experto es un don Nadie o una cumbre del pensamiento sólo en función de si favorece o no la creencia del dueño del tablero. Aunque si luego el que la caga es el poderoso, éste se acogerá a sagrado y encumbrará al experto o le cortará la cabeza, según su conveniencia.

Lo que de todos modos resulta insoslayable es que un experto, en España, puede ser investido mediante decreto arbitrario y repentino, como Patxi López o Adriana Lastra, dos ágrafos e ignaros colocados por el dedo gracioso (que no es sinónimo de simpático) de los próceres de turno como expertos en reconstrucciones nacionales o de tribu.

Y también lo es que un experto puede servirle de pantalla a quien le manda, pero no restarle el mérito ni el crédito a quien le pone al frente del sindicato, por lo que se hace aconsejable que “los expertos” sean un fantasma oculto y desconocido, por más que la leyes de transparencia obliguen en una democracia.

Sánchez es experto en mentiras, Carmen Calvo en absurdeces y el ministro de pandemias es experto en poner la jeta para que se la partan por su incompetencia. Iglesias es experto en escupitajos y su señora en alborotos y griterío con sus frivolidades del moño.

Marlaska es experto en fullerías, Ábalos lo es en orujos, además de en chistes de Arévalo y Fernando Esteso, y Celáa en meter la pata con su acento de Neguri.

Marisú Montero es experta en lencería del piojito y en rizos verbales que esconden la rapiña. Garzón es experto en nada y Pedro Duque en sentarse en el borde de la Luna con los pies colgando.

Yolanda Díaz es experta en pronunciar las eses implosivas con voz de feligresa en la Epístola, el de Justicia es experto en aplazar los plazos aplazados y Castells, como Ferreras, lo es en no ducharse.

Casi que el Gobierno experto en algo se nos reduce en apariencia a Calviño, experta en mantener el tipo frente a Europa; Escrivá, el de las pensiones, que nos va a meter un hachazo en mitad de la pandemia, y Margarita Robles, que es experta en parecer sensata con un historial que asusta.

Un experto, para Sánchez, es Begoña. Y aquí nadie dice nada.

Mejor que vuelva el fútbol cuanto antes, por distraer el hambre.

He dicho.

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