Los desahuciados del tiempo

BOCA PRESTADA

Cuando uno era joven estudiaba en el colegio que la Revolución Industrial fue el hito que marcó la historia moderna. La máquina de vapor, entre otros avances, cambió para siempre la existencia de las personas. La sociedad empezó a dejar de ser rural y las urbes se convirtieron en grandes hormigueros humanos donde los hombres se estratificaron en clases sociales. Decía Juan Gelman, más o menos, que en la ciudad habita una tristeza urbana, que en ella los edificios no dialogan, el cansancio silba, los niños piden limosna y no huelen a gardenia; que están allí, secos. No sabría encontrar una mejor definición de la angustia urbana que la descrita por el poeta argentino. A mi generación, a los que andamos por los cincuenta mas o menos cumplidos, nos ha tocado vivir otra revolución si acaso más sibilina aún: la tecnológica. A ella nos hemos ido acostumbrando a fuer de aprender impelidos por la necesidad. Las comunicaciones, la informática, lo digital y sobre todas las cosas internet, nos han ido despojando de los últimos jirones de piel de la infancia que nos quedaban para uniformarnos con el gris y rasero tejido de la tecnología. Una suerte de artilugios que mutan continuamente exigiendo de nosotros la capacidad de aprendizaje rápido para no quedar tan obsoletos y arcaicos como ellos. Ya digo que mejor que mal, la pléyade a la que pertenezco ha ido navegando sobre esta ola de los tiempos, cosa que no ha sucedido con las anteriores. A la generación de nuestros padres y abuelos toda esta situación la ha engullido inmisericordemente. A la televisión, que antes solo tenia dos canales, le ha sucedido una especie de monstruito que obedece a, como mínimo, dos mandos a distancia, con los que nuestros mayores a duras penas pueden hacerse con el programa que quieren ver y en muchos casos, atreverse a apagar, no sea que luego no sepan volver a conectarla. Son los desheredados de la modernidad, gente que ha pasado del amable subdirector de banco con el que departían de algún tema banal mientras realizaban cualquier operación al tétrico cajero automático, robot al que acuden confundidos e inseguros con su tarjeta en mano. El teléfono de línea ha sido sustituido por un complicado y minúsculo aparato digital cuyas funciones son ajenas en su mayoría a anciano y sobre el que pende la angustia de meter equivocadamente mal, como si fueran las tres negaciones de Cristo, la clave de acceso o pin para quedar terriblemente aislados, mudos y sordos en este nuevo mundo que ya no les pertenece. Como en la triste ciudad de Gelman, el transporte público, los coches, las cajas de los supermercados, las estaciones y aeropuertos; todo ha sido diseñado sin contar con los mayores, esos que nacieron antes de esta enorme marea de la modernidad en la que sobreviven, conscientes de que su época ha muerto antes que ellos.


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